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title: "11S: La jornada más oscura"
url: https://columnadigital.com/11s-la-jornada-mas-oscura/
language: es
publisher: "Columna Digital"
author: "Redacción"
section: "Internacional"
published: 2021-09-12T03:16:29.000Z
updated: 2021-09-14T18:26:18.000Z
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source: "elpais.com https://elpais.com/internacional/2021-09-12/la-jornada-mas-oscura.html"
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# 11S: La jornada más oscura

Descarguemos de entrada la obviedad: el terror engendra terror. De aquello no podía salir nada bueno. Pero en ese momento apenas había tiempo para pensar. Era el momento del vértigo. Sentíamos, a muy pequeña escala, algo parecido a lo que debían de sentir aquellas personas que se lanzaban desde lo alto de las torres para huir del fuego y morir deprisa. Caíamos. Luego, con el tiempo, ocurrió lo que ocurrió y lo que aún ocurre. Entonces solo intuíamos que el mundo iba a cambiar, a peor.

Estarán tal vez hartos de recordar el 11 de septiembre de 2001. Les acompaño en el sentimiento. A mí también me fatiga. Sin embargo, ese día aún no ha terminado del todo y, por tanto, insistir en la jornada oscura tiene una cierta utilidad.

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En retrospectiva, ciertos detalles cobran sentido. Este antiguo corresponsal había asistido, dos días antes, a un desfile de modas en Nueva York. El diseñador mallorquín Miguel Adrover presentó una colección inspirada en gran medida en la vestimenta tradicional musulmana y obtuvo grandes aplausos. El 10 de septiembre charlé con Adrover. Era una estrella y recibía mimos de *Vogue* y de *The New York Times*. El 12 de septiembre, él y su ropa moruna eran exorcizados. Unos meses después, la empresa de Adrover estaba en quiebra y el diseñador, con un carro y un caballo, se ganaba el jornal paseando a turistas por Egipto. Su vida cambió, como tantas otras.

Ni él ni nadie sabía aún lo que estaba por venir aquella mañana soleada de septiembre. El antiguo corresponsal viajó temprano en tren desde Nueva York a Washington. Al llegar a la capital sonó el teléfono móvil. Era Berna González Harbour, desde Madrid, para decirle que una avioneta se había estrellado contra un rascacielos neoyorquino. Diez minutos después, el antiguo corresponsal estaba en su oficina del National Press Building y parecía claro que no se trataba de una avioneta, sino de un avión comercial. Por si quedaban dudas, mientras las cámaras de televisión retransmitían el incendio en la Torre Norte del World Trade Center, vimos en directo cómo otro avión se estrellaba contra la Torre Sur.

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Les ahorro la cronología de los acontecimientos, que conocen de sobra. Tras el impacto de un tercer avión en el Pentágono, el Ejército se desplegó en torno a la Casa Blanca y el Capitolio. Se alzaron barreras con sacos terreros. Unos cuantos vehículos blindados intentaban apostarse en los accesos al corazón político de Estados Unidos, pero no había forma de moverse entre los miles de automóviles que bloqueaban las calles. La gente intentaba huir sin saber a dónde. Circulaban rumores apocalípticos acerca de decenas de otros aviones a punto de estrellarse y de la inminente destrucción de Washington. El antiguo corresponsal, que llevaba meses sin fumar, entró en un estanco con la persiana ya semibajada y compró un cartón de Camel sin filtro. El estómago sentía vértigo y pedía nicotina.

Sigamos ajenos a la cronología. Horas más tarde, el ánimo colectivo en Estados Unidos empezaba a mutar del estupor y el horror a la rabia y el ansia de venganza. Las televisiones emitían el desplome de los rascacielos e intercalaban imágenes de palestinos y ciudadanos de países árabes que celebraban los atentados. Era cuestión de señalar ya al enemigo, los musulmanes en general, encabezados por Osama bin Laden, fundador de Al Qaeda y supuestamente oculto en Afganistán.

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Si uno lograba distanciarse un poco, podía comprender. La orgullosa superpotencia sufría una humillación inesperada y quienes habían sufrido la bota del imperio creían disfrutar de una revancha.

Las celebraciones se habrían interrumpido, tal vez, si esos infelices que celebraban hubieran escuchado los mensajes de amor y despedida que los pasajeros de los aviones secuestrados enviaron a sus seres queridos. O si hubieran respirado el aire del sur de Manhattan, un compuesto de oxígeno, hidrógeno y humo tóxico, dulzón y ácido a la vez, hecho de polvo y cenizas de cadáveres. La gran tragedia cortaba el aliento; los miles de pequeñas tragedias eran simplemente insoportables.

Al día siguiente, o al otro, la casa del antiguo corresponsal (Military Road, Rock Creek Park, un suburbio de clase media) era la única de la calle que no exhibía la bandera estadounidense y, por tanto, quedaba excluida del fervor patriótico con que los vecinos se abrazaban unos a otros. Cuando llegó Halloween, fue la única casa de la calle que los niños evitaron en su periplo de *trick or treat* (truco o trato). Cualquier extranjero que no agitara las barras y las estrellas se había convertido en un potencial enemigo y convenía someterle a aislamiento.

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Viajar en avión (durante dos días no hubo vuelos en Estados Unidos) dejó de ser un trámite, o incluso un relativo placer, para transformarse en lo que es hoy. En su primer desplazamiento aéreo tras los atentados, el antiguo corresponsal fue sometido a un minucioso registro y a un interrogatorio. En la fila de sospechosos (el pasajero devino en sospechoso, y así continúa), tras él formaban una mujer y su bebé de pocos meses; la mujer llevaba un biberón de leche y el policía le exigió que bebiera de él. “Es mi propia leche”, dijo la mujer, con una mueca de asco. Tuvo que beberse un buen trago, entre lágrimas, para embarcar.

Ahora nos parece que la Administración de Donald Trump es lo más estrambótico que ha pasado por la Casa Blanca. Pero no es así. George W. Bush, el presidente que fue presidente gracias a unos jueces supremos nombrados por su padre (George H. Bush) y a unos votos dudosos que su hermano (Jeb Bush, gobernador de Florida) dio por buenos, se había rodeado de tipos siniestros.

El vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el subsecretario Paul Wolfowitz alentaron a conciencia el rencor que ardía en el corazón del americano medio e inventaron una Guerra contra el Terror que, además de causar centenares de miles de muertes, emponzoñó la democracia estadounidense. Guantánamo, las detenciones arbitrarias en terceros países, el uso sistemático de la tortura, el fomento del racismo, la islamofobia, la mentira, la estupidez, el delirio patriótico, compusieron la herencia que dejó George W. Bush. Trump se limitó a hacer un uso intensivo de ese legado.

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