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title: "VIVENCIAS CIUDADANAS - TAMARA DE LEMPICKA: EL ART DÉCO TAMBIÉN TIENE CASA EN CUERNAVACA"
url: https://columnadigital.com/vivencias-ciudadanas-tamara-lempicka-art-deco-tambien-tiene-casa/
language: es
publisher: "Columna Digital"
author: "Teodoro Lavín León"
section: "Columnas"
published: 2026-10-26T14:49:52.831Z
updated: 2026-10-26T14:32:49.311Z
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# VIVENCIAS CIUDADANAS - TAMARA DE LEMPICKA: EL ART DÉCO TAMBIÉN TIENE CASA EN CUERNAVACA

Hay exposiciones que permiten mirar cuadros y otras que abren una ventana a la vida de quien los pintó. La muestra dedicada a Tamara de Lempicka en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca consigue ambas cosas.

Hay expo­si­cio­nes que per­mi­ten mirar cua­dros y otras que abren una ven­tana a la vida de quien los pintó. La mues­tra dedi­cada a Tamara de Lem­picka en el Museo de la Ciu­dad de Cuer­na­vaca con­si­gue ambas cosas. Reco­rrer sus salas con calma es acer­carse a una artista extraor­di­na­ria y a una mujer que atra­vesó gue­rras, paí­ses y con­ven­cio­nes para cons­truir una voz pro­pia.

Inau­gu­rada por la emba­ja­dora de Polo­nia en México, Agnieszka Frydry­cho­wicz­Te­kieli,y el Pre­si­dente Muni­ci­pal, la expo­si­ción pro­pone un reco­rrido por tres eta­pas: su con­so­li­da­ción en Europa durante los años veinte y treinta, su vida en Esta­dos Uni­dos y sus últi­mos años en Cuer­na­vaca. Esta última parte recu­pera tes­ti­mo­nios y recuer­dos de quie­nes la cono­cie­ron en la ciu­dad. La mues­tra per­ma­ne­cerá abierta hasta el 30 de abril de 2027.

Tamara nació en Var­so­via en 1898. La Revo­lu­ción rusa tras­tocó su vida y la de su fami­lia; tras con­se­guir la libe­ra­ción de su esposo, huyó y llegó a París. Allí encon­tró una ciu­dad en ebu­lli­ción y comenzó a abrirse paso en un ambiente artís­tico que ofre­cía menos opor­tu­ni­da­des y reco­no­ci­miento a las muje­res. Estu­dió pin­tura y fue cons­tru­yendo un estilo per­so­nal, ligado al art déco, que pronto la con­vir­tió en una retra­tista muy soli­ci­tada.

Su pin­tura tiene influen­cias diver­sas. En ella con­vi­ven la cla­ri­dad y el equi­li­brio de la tra­di­ción clá­sica con las for­mas geo­mé­tri­cas del cubismo, que cono­ció en París. Tam­bién se advier­ten ecos de los manie­ris­tas ita­lia­nos, como Bron­zino: cuer­pos alar­ga­dos, poses ele­gan­tes y una belleza deli­be­ra­da­mente sofis­ti­cada. Pero Lem­picka no se limitó a com­bi­nar esti­los. Los trans­formó en una ima­gen moderna, urbana y seduc­tora, pro­pia de una época fas­ci­nada por la velo­ci­dad, los auto­mó­vi­les, la moda y la vida cos­mo­po­lita.

En sus cua­dros, las figu­ras pare­cen talla­das y puli­das. Los con­tor­nos son níti­dos; los volú­me­nes, rotun­dos; la luz y la som­bra mode­lan ros­tros, telas y cuer­pos con un aca­bado casi metá­lico. Sus com­po­si­cio­nes sue­len ser fir­mes y con­cen­tra­das, y sus colo­res —ver­des, azu­les, rojos, negros y tonos de piel— refuer­zan esa sen­sa­ción de lujo y pre­ci­sión. Es una pin­tura que atrae por su belleza, pero tam­bién por la fuerza con que sus per­so­na­jes ocu­pan el espa­cio.

Sus retra­tos son una de las mejo­res puer­tas de entrada a ese mundo. En Kizette en rosa, repre­senta a su hija con una apa­rien­cia juve­nil y refi­nada, pero la niña no es un sim­ple adorno: la mirada y la pos­tura le dan pre­sen­cia pro­pia. En el retrato de Suzy Soli­dor, can­tante y figura de la vida noc­turna pari­sina, la modelo se enfrenta al espec­ta­dor con aplomo y segu­ri­dad. Y en su céle­bre auto­rre­trato Tamara en el Bugatti verde, la artista se ima­gina al volante, con guan­tes y som­brero, como emblema de una mujer dueña de su ima­gen y de su des­tino. Ese auto­mó­vil, ade­más, no era suyo: la escena cons­truye una decla­ra­ción visual de moder­ni­dad e inde­pen­den­cia.

Su carác­ter tam­bién se expresó en una deci­sión sig­ni­fi­ca­tiva: durante algu­nos años firmó como “T. de Lem­pitzky”, en mas­cu­lino, por­que creía que así toma­rían más en serio su pin­tura y podría cobrar pre­cios com­pa­ra­bles a los de sus cole­gas hom­bres. La anéc­dota revela las barre­ras que enfrentó y la deter­mi­na­ción con que deci­dió abrirse paso. En sus retra­tos, muchas muje­res apa­re­cen con mira­das direc­tas y pos­tu­ras segu­ras. No son figu­ras deco­ra­ti­vas: trans­mi­ten auto­no­mía y recla­man un lugar cen­tral en la escena.

La visita se com­ple­menta con el docu­men­tal La ver­da­dera his­to­ria de Tamara de Lem­picka y el arte de sobre­vi­vir, de Julie Rubio. La pro­yec­ción dura alre­de­dor de hora y media y acom­paña la tra­yec­to­ria de la artista desde el París de entre­gue­rras hasta su vida en Esta­dos Uni­dos y el pos­te­rior redes­cu­bri­miento de su obra. Verlo des­pués de reco­rrer las salas ayuda a enla­zar los cua­dros con la expe­rien­cia de una mujer mar­cada por el exi­lio, la rein­ven­ción y el tra­bajo.

El viaje de Tamara ter­minó en Cuer­na­vaca. Vivió aquí sus últi­mos años y murió en 1980. Su amis­tad con el escul­tor Víc­tor Manuel Con­tre­ras, que­rido y siem­pre bien recor­dado, forma parte de la his­to­ria de la artista en la ciu­dad. De acuerdo con su volun­tad, sus ceni­zas fue­ron espar­ci­das sobre el Popo­ca­té­petl; Víc­tor par­ti­cipó en cum­plir ese deseo. Así, la pin­tora que reco­rrió Europa y Esta­dos Uni­dos quedó ligada para siem­pre al pai­saje que podía con­tem­plar desde Cuer­na­vaca.

Su reco­no­ci­miento tam­bién se refleja en el mer­cado del arte. En 2020, Por­trait de Mar­jo­rie Ferry se ven­dió en Chris­tie’s por 16.28 millo­nes de libras, alre­de­dor de 21.16 millo­nes de dóla­res, enton­ces un récord para la artista. La cifra no explica por sí sola el valor de su pin­tura, pero con­firma el lugar que ocupa entre los nom­bres más coti­za­dos del arte moderno.

Vale la pena visi­tar esta expo­si­ción sin prisa, dete­nerse en los retra­tos y luego ver el docu­men­tal. Tamara de Lem­picka per­te­nece a la his­to­ria inter­na­cio­nal del art déco, pero tam­bién a la de Cuer­na­vaca: aquí hizo amis­ta­des, vivió sus últi­mos años y eli­gió des­can­sar junto al vol­cán. Ir al Museo de la Ciu­dad es una opor­tu­ni­dad para cono­cer ambas his­to­rias.

Por fin algo que vale la pena en Cuer­na­vaca, la can­ti­dada de gente en la expo­si­ción nos muqes­tra que si le gusta la cul­tura no nada mas los desa­fi­les de cari­ca­tu­ras que ni entien­den que sig­ni­fi­can. ¿No cree usted?.

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