Casi el 40% de los trabajadores canadienses afirma sentirse agotado frecuentemente, según una encuesta de 2025 realizada por Mental Health Research Canada y Canada Life. Este fenómeno, que ha cobrado relevancia en el vocabulario laboral contemporáneo, se enmarca junto a términos como “quiet quitting” y “hustle culture”. Sin embargo, el concepto de burnout tiene una historia más antigua de lo que se podría suponer.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasificó el burnout en 1990 como un “estado de agotamiento vital”. Posteriormente, redefinió el término como un síndrome resultante de un estrés laboral crónico no manejado, caracterizado por agotamiento, desapego y sensación de ineficacia. Aunque el uso de la palabra “burnout” se remonta a 1937, su origen es aún más antiguo; hace más de 200 años, se utilizaba para describir la destrucción ocasionada por el trabajo excesivo.
De hecho, el agrícola Arthur Young, en su diario de 1771, narró la historia de William White, un agricultor que, tras perder su granja en dos incendios, se vio obligado a trabajar más arduamente para volver a levantarse. Aquí, “burnout” no solo denota un desgaste personal, sino también una carga social, ya que los trabajadores eran empujados a contribuir todavía más debido a la presión constante.
A lo largo de los años, el significado de “burnout” ha evolucionado; originalmente se refería a la fatiga de recursos y, eventualmente, a la de los trabajadores. Este desplazamiento semántico indica que los trabajadores eran considerados como mero “combustible”, algo para ser consumido y utilizado en la maquinaria del trabajo.
El término “moonlighting”, que representa la tendencia a realizar trabajos adicionales para complementar ingresos, sigue este mismo patrón histórico. Young documentó la vida de un minero que, tras un agotador turno nocturno, dedicaba su tiempo diurno a la agricultura, sufriendo las consecuencias de tanto esfuerzo.
La narrativa de estas biografías no solo resalta el costo humano del trabajo excesivo, sino que también se utiliza para justificar la carga laboral en un contexto capitalista, donde se valora la producción incesante. La estructura de la sociedad actual, que promueve jornadas laborales interminables, refleja una continuidad preocupante de los problemas del pasado.
En la actualidad, muchos en la fuerza laboral sienten el peso de una presión similar. Aunque a menudo se aboga por soluciones individuales, como la terapia o vacaciones, el problema del burnout es, en esencia, un reflejo de un sistema que opera a expensas de su gente. En lugar de una mera manifestación personal, el burnout se ha entrelazado en las estructuras mismas del capitalismo.
A medida que el debate sobre el agotamiento laboral se intensifica, es esencial reconocer que la solución puede residir más en lo estructural que en lo individual. Optar por innovaciones como la reducción de la jornada laboral, como se ha intentado en algunas empresas australianas, podría ser una forma efectiva de abordar una angustia que, aunque antigua, sigue siendo sorprendentemente contemporánea.
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