El diestro peruano Andrés Roca Rey y el onubense David de Miranda fueron los protagonistas del festejo del 9 de julio en la plaza Monumental de Pamplona, donde ambos salieron a hombros tras recibir dos orejas de manera polémica. Esta concesión, considerada por muchos como fruto de un criterio laxo y poco riguroso, se produjo durante el quinto espectáculo de la Feria de San Fermín, con toros de Victoriano del Río.
El prestigioso crítico taurino Paco Aguado, conocido por su aguda mirada, dejó claro en su crónica que la decisión de otorgar los trofeos respondía más a una tendencia populista y a un ambiente festivo que a méritos reales en el ruedo. La presidenta de la presidencia, Cristina Ibarrola, exalcaldesa de Pamplona, se vio envuelta en un contexto donde la calidad del toreo se ve superada por un enfoque más comercial y superficial del espectáculo taurino. En esta plaza, que debería ser un bastión de la tauromaquia, se cuestiona la integridad del espectáculo debido a la política local que ha trasladado al palco a figuras con poca experiencia en el arte del toreo.
Pamplona, respetada como plaza de primera, enfrenta las consecuencias del interés de las comunidades autónomas por regular la tauromaquia de forma fragmentada. Actualmente, en España, coexisten seis normativas diferentes, cada una con sus propios criterios. En base al artículo 39 del reglamento autonómico, la gran mayoría de los cargos de presidencia están en manos de alcaldes y concejales, quienes pueden delegar en aficionados, pero esto rara vez ocurre en prácticas.
En este caso específico, el alcalde de Pamplona se reservó la corrida del día de San Fermín para él, dividiendo el resto de los días entre concejales de diferentes partidos, dejando relegado al aficionado entendido para las novilladas y el rejoneo.
La ocupación del palco por políticos y figuras ajenas al toreo se convierte en un espectáculo en sí mismo, donde la autenticidad del evento queda en segundo plano. La desconexión entre la autoridad en el estadio y la realidad de la tradición taurina plantea preguntas sobre el futuro de este arte en la región. A pesar de la entrega de orejas, la percepción general es que pocas de estas representan verdaderos logros en el ruedo.
Cabe destacar que, mientras la comunidad taurina guarda silencio sobre la transformación de la fiesta, los toreros se ven obligados a adaptarse, participando en lo que se ha descrito como una competencia por atraer la atención de un público más interesado en el espectáculo que en la calidad técnica del toreo.
La situación también está marcada por la reciente aprobación de reglamentos taurinos, como el de Andalucía, que busca homogeneizar las normativas en todo el país. Sin embargo, parece que las comunidades quieren mantener su propio control, lo que podría diluir aún más la esencia de la tauromaquia. La expectativa de que un cambio en la legislación beneficie el espectáculo parece lejana, ya que los políticos, y en especial aquellos en Pamplona, no demuestran voluntad de renunciar a sus privilegios a favor del arte taurino.
Así las cosas, la situación actual del toreo en Navarra es resultado de una mezcla de intereses políticos y la búsqueda de un espectáculo atractivo que tal vez descuide la esencia de una tradición rica y compleja. Pamplona sigue, por lo tanto, siendo escenario de un espectáculo que, aunque goza de gran popularidad, enfrenta un riesgo de degeneración que podría afectar profundamente la percepción cultural de la tauromaquia. Este 9 de julio fue una demostración más de cómo las dinámicas del poder y la fiesta pueden influir en la historia más singular de España.
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