En un emotivo adiós, Josep Pons se despedirá este viernes de su cargo como director de la orquesta del Gran Teatre del Liceu en Barcelona. Tras 14 años al frente, se prepara para interpretar la monumental Sinfonía nº 8 de Mahler, conocida como “Sinfonía de los mil”, un cierre emblemático que representa tanto la maestría de Pons como su dedicación incansable a crear un sonido distintivo dentro de la orquesta.
Pons, nacido en Puig-reig hace 69 años, ha sido un baluarte en un tiempo donde la música clásica ha enfrentado desafíos significativos, desde recortes presupuestarios hasta la agitación política y la crisis sanitaria global. Su toma de mando en 2012 coincidió con momentos difíciles, pero su compromiso fue claro: bajo su liderazgo, no habría más despidos y el número de músicos en la orquesta ha crecido hasta alcanzar los 94 puestos fijos. En sus propias palabras, “la relación con los músicos roza lo paternal”.
El legado de Pons va más allá de los números. A lo largo de su mandato, ha fomentado una cultura de participación y colaboración, implementando un modelo similar al de La Masia, el prestigioso centro de formación del FC Barcelona, enfocándose en un entrenamiento riguroso y un repertorio diversificado. Esto ha permitido a la orquesta pasar de una paleta sonora limitada a una riqueza y flexibilidad sin precedentes, como se evidenció en producciones memorables como Pelléas et Mélisande y Wozzeck.
En la recta final de su carrera en el Liceu, Pons se enfrenta a la tarea de dejar la orquesta en un estado óptimo. “La experiencia estética no puede limitarse solo a la música”, ha afirmado, destacando la necesidad de repensar el formato tradicional de los conciertos. A partir de ahora, dirigirá la Deutsche Radio Philharmonie en Alemania, donde espera llevar su visión a nuevas alturas, aunque planea regresar al Liceu como director honorario para el estreno de la nueva producción de La flauta mágica.
Su visión musical ha sido inspirada por una profunda conexión espiritual con la música, reflejada en su elección de cierre con Mahler, un compositor que evocaba la redención a través del amor. Más que un recolector de frutos orquestales, Pons se considera un sembrador, fomentando el talento y preparando el terreno para las futuras generaciones. Con un sentido de cumplimiento y satisfacción, se despide de una institución que ha enriquecido su vida y la de muchos.
Con su salida, queda la esperanza de que su legado siga vivo y que el nuevo director, Jonathan Nott, continúe la labor iniciada por Pons, manteniendo el clima de unidad y creatividad que él fomentó. Mientras el telón cae sobre una era en el Liceu, se abre un nuevo capítulo, esperando que la música siga resonando con el mismo poder que Pons ha cultivado.
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