El pasado 29 de julio de 2026, Chile se vio sacudido por un violento temporal que dejó un saldo devastador de 13 muertos, cuatro desaparecidos y aproximadamente 100,000 personas aisladas. Ante esta crisis, el gobierno chileno tomó la proactiva decisión de movilizar a unos cinco mil militares incluso antes de que el fenómeno meteorológico alcanzara su máximo impacto. De acuerdo al experto en emergencias Andrei Serbin Pont, esta acción fue crucial para acelerar los rescates y proporcionar asistencia en las zonas más afectadas.
Desde las primeras horas de la emergencia, las autoridades comenzaron a preparar la respuesta ante los desbordes, deslizamientos de tierra y cortes de ruta que golpearon con fuerza las regiones de Coquimbo y Atacama. La organización eficiente, que involucraba helicópteros, aviones de transporte, hospitales de campaña y vehículos anfibios, permitió el acceso a localidades completamente incomunicadas.
Un extraordinario despliegue de recursos fue fundamental, y el letal temporal obligó a las Fuerzas Armadas chilenas a operar en niveles poco habituales. Según Serbin Pont, hubo lugares donde se registraron precipitaciones que equivalen a lo que normalmente se recibe en un mes en tan solo una hora, complicando enormemente la situación.
Uno de los ejes de la operación fue el puente aéreo organizado por la Brigada de Aviación del Ejército, que movilizó diez helicópteros para rescatar y abastecer a más de 120 personas atrapadas. Además, la Fuerza Aérea contribuyó significativamente mediante vuelos de aviones Hércules C-130, transportando 183 toneladas de ayuda humanitaria. Cuando los aterrizajes convencionales resultaron imposibles, un avión CASA 212 realizó lanzamientos de suministros por paracaídas, asegurando que las comunidades en condiciones extremas recibieran lo necesario.
El operativo también incluyó el establecimiento de un hospital modular en Ovalle y la instalación de puestos médicos especializados. En un entorno donde los caminos estaban destruidos, vehículos anfibios tomaron acción en áreas anegadas, mientras ingenieros trabajaban incansablemente para restablecer la conectividad y reparar la infraestructura crítica.
Serbin Pont resaltó que la rapidez en la respuesta ante la crisis no fue fruto de la improvisación, sino de una planificación meticulosa y la experiencia acumulada por Chile en el manejo de desastres naturales. La experiencia del país en enfrentar terremotos, tsunamis e inundaciones le brindó una ventaja crucial. A diferencia de otros desastres, las lluvias extremas permiten anticipar riesgos y actuar antes de que la situación se agrave, mostrando un claro nivel de preparación.
A nivel regional, el especialista notó que no todos los países tienen la misma capacidad para manejar emergencias de tal magnitud. Por ejemplo, mencionó a Venezuela, donde diversas catástrofes naturales han expuesto limitaciones operativas que afectan la respuesta del Estado.
En el caso de Argentina, aunque las Fuerzas Armadas también han demostrado un notable despliegue, existen restricciones materiales relacionadas con el mantenimiento del equipamiento y recursos limitados. Serbin Pont ejemplificó esto recordando la intervención durante inundaciones en La Plata en 2013 y la logística desplegada durante la pandemia de COVID-19.
Finalmente, el éxito de operativos como el de Chile no solo depende de la logística y planificación, sino también de la confianza pública en las instituciones encargadas de actuar durante emergencias. Afortunadamente, en general los ciudadanos argentinos parecen tener una percepción positiva de la actuación de las Fuerzas Armadas, lo que facilita su operación en situaciones críticas.
Este episodio nos recuerda la importancia de la preparación y acción coordinada frente a desastres naturales, señales de un sistema que aprende y mejora continuamente para proteger a su población.
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