Bajo el extenso asfalto y las majestuosas estructuras históricas que adornan la Ciudad de México, se encuentra un tesoro arqueológico de incalculable valor: el antiguo recinto sagrado de Tenochtitlan. Desde 1978, cuando emergió del subsuelo el icónico monolito de la diosa lunar Coyolxauhqui, el sitio ha sido objeto de intensas exploraciones que han desvelado la rica cosmovisión de los mexicas a través de las contribuciones del destacado arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma.
A lo largo de dos décadas, el Programa de Arqueología Urbana (PAU) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha hecho descubrimientos significativos en la calle República de Guatemala, donde se sitúan restos del Calmécac, un centro educativo para la nobleza mexica, junto a un templo dedicado a Ehécatl, el dios del viento. Esta área ha revelado también el Gran Juego de Pelota y el Huei Tzompantli, una estructura emblemática cargada de significado ritual.
En una reciente visita al sótano del Hotel Catedral, convertido en museo subterráneo, los arqueólogos Raúl Barrera Rodríguez y Lorena Vázquez Vallin guiaron a los visitantes a través de los restos que parecen contar historias de un pasado vibrante, donde el juego y la religión estaban intrínsecamente entrelazados. Situado justo detrás de la Catedral Metropolitana, este espacio ha sido objeto de excavaciones desde 1900, pero las más recientes, iniciadas en 2009, han arrojado luz sobre templos antes considerados perdidos.
A partir de 1968, las excavaciones llevaron a recuperar elementos arquitectónicos importantes durante la construcción de la línea 2 del Metro. Durante las siguientes décadas, investigadores como Álvaro Barrera continuaron explorando y confirmaron que estos vestigios estaban, de hecho, relacionados con el Juego de Pelota. Las exploraciones recientes han revelado un templo dedicado a Ehécatl, cuya estructura circular se alineaba con otros templos importantes, como el del dios Tláloc.
Barrera describe cómo el templo, originalmente de 34 metros de largo y con una estructura circular de cuatro niveles, representaba de manera simbólica la figura de Ehécatl-Quetzalcóatl. Esta impresionante edificación, con elementos arquitectónicos en tezontle y estuco han sido preservados, aunque considerablemente dañados tras la llegada de los conquistadores.
El Teotlachco, o cancha del juego de pelota, fue un centro de competencia y ritual en la antigua Tenochtitlan, donde los tlatoanis Axayácatl y Moctezuma II llevaban a cabo competencias imponentes. La arqueóloga Vázquez Vallin destaca que las excavaciones han revelado plataformas con varias etapas constructivas, preparadas para espectadores y jugadores. Uno de los hallazgos más intrigantes fue una ofrenda ritual, compuesta por restos óseos humanos, que refleja la importancia del sacrificio en la renovación de los ciclos vitales para los mexicas.
Se espera con ansias la apertura permanente del museo subterráneo, aunque actualmente se permite el acceso temporal al público. Los trabajos de conservación continúan, y el director del PAU afirma que su equipo sigue integrando los hallazgos de investigaciones recientes. Con cada descubrimiento, el legado de Tenochtitlan se brinda con renovada claridad, conectando el pasado con el presente de esta metrópoli vibrante.
Así, la Ciudad de México no solo se levanta sobre un patrimonio cultural extraordinario, sino que también invita a redescubrir su rica historia a través de un viaje arqueológico que revela la conexión entre el corazón de Tenochtitlan y la vida contemporánea, todo esto en el contexto de una ciudad que sigue evolucionando.
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