La distopía ya está aquí. Una androide mujer entrevista a un joven varón para un puesto de trabajo. Ella tiene el poder y él las explicaciones. Entonces ¿por qué cree que merece este trabajo? pregunta la máquina con su controladora voz. Bueno, sé manejar cualquier sistema operativo, responde el chaval.
Nosotros también, dice ella. Luego la androide le reprocha lo mucho que nos gusta a los humanos perder el tiempo, la baja rentabilidad de nuestro trabajo, el tiempo que perdemos hablando por los pasillos. La escena no es real sino el último anuncio de Aquarius, dirigido por Owen Harris, director de Black Mirror y una especie de master chef de la distopía tecnológica. He pasado mucho miedo viendo este anuncio. Y aún más pensando en él.

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Porque resulta que el chaval le explica al robot que lo que nos diferencia a los humanos de las máquinas son las ganas. “Nacemos con ellas y son las que nos empujan a reintentar algo una y otra vez hasta conseguirlo”, asegura. Y aparecen imágenes de superación humana que dan buen rollo y conmueven al espectador. Entonces es cuando sucede lo verdaderamente atroz, mi pesadilla, el terror. Porque la robot se da cuenta de que el sujeto que tiene delante es mucho más complejo que cualquier sistema operativo y a continuación le ofrece el trabajo. Lo terrible es que esta empatía es posible gracias a que el muchacho tiene delante una máquina.
Porque nadie en su sano juicio va a estas alturas a una entrevista de trabajo a explicar a la directora de Recursos Humanos que es un poco charlatán pero que tiene muchas ganas. Y que además se equivoca de vez en cuando, incluso a menudo, pero que aprende siempre de sus errores. De hecho, esta escena no sería creíble si la directora de Recursos Humanos fuera una persona de verdad. Porque, en ese caso, la empatía no sería verosímil. Y la apuesta por la humanidad frente a la rentabilidad, impensable. ¡Quién tuviera de jefe a un robot con el que poder hablar de la familia, de lo humano y de las ganas!


