Mucho se ha hablado de la necesidad de revisitar aquello que se dio en llamar el boom latinoamericano, que, por una parte, se ha terminado asimilando como un fenómeno incompleto (debido a la llamativa ausencia de representación femenina. Rosario Castellanos, María Luisa Bombal, Nélida Piñón o Clarice Lispector dan buena muestra de ello) y que, por otra, ha mostrado sus costuras, más como un fenómeno mercadotécnico (otra forma de “vender” América Latina).
Sin embargo, la historia en ocasiones “imparte justicia” y, hoy en día, narradoras como Samanta Schewblin, Guadalupe Nettel, Margarita García Robayo, Vera Giaconi o Mónica Ojeda no solo están rompiendo con las propuestas estéticas asimiladas como puramente latinoamericanas (hasta ahora en su mayoría masculinas) sino que han abierto una nueva puerta de comunicación con el mundo y, en cierta medida, están llevando a cabo un ejercicio de disolución de las fronteras.

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Con todo, en la actual tesitura, aún sigue presente un escalón que parece insalvable: el hecho de que se siga considerando a la poesía un género de segunda. En este sentido no son pocas las poetas nacidas en los años veinte que, como en una línea paralela, hubiesen debido brillar con la misma luminosidad con que lo hicieron, y aún lo hacen, figuras tan conocidas como Eugenio Montejo, Nicanor Parra, Pablo Neruda, César Vallejo, Drummond de Andrade o Lezama Lima.
Silenciar de forma deliberada una gran parte del imaginario femenino aumenta nuestra deuda con la historia. Lo dejó dicho Machado cuando nos advertía de que solo existe la desesperanza cuando aparecen los tres símbolos de la nada: el silencio, la muerte y el olvido. La venezolana Ida Gramcko (1924-1994), la chilena Stella Díaz Varín (1926-2006) o la peruana Yolanda Westphalen (1925-2011) ejemplifican el olvido al que se han sometido, no solo sus vidas, sino sus obras y sus trayectorias profesionales.



