Mientras las autoridades se afanan por localizar a cientos de personas tras las devastadoras inundaciones en Nepal y Tíbet, emergen relatos de supervivencia entre la angustia palpable en los hospitales de Katmandú. Un ejemplo impactante es el de Bibek Kumal, un trabajador nepalí de 24 años, quien quedó atrapado por una avalancha de lodo y rocas al excavar un pozo cerca de la frontera. “Empecé a correr. Entonces, una pared de agua cayó con estruendo como si fuera un terremoto”, relató Kumal desde su cama en el Centro Nacional de Traumatología, rodeado de su hermano Dinesh.
Alertado por colegas, logró salvarse al aferrarse a un árbol. En sus palabras resuena la angustia de lo que pudo haber sido: “Si no hubiera habido un árbol de mango, me habría arrastrado la corriente y habría muerto”. Este joven no es ajeno al dolor; en 2015, vivió un terremoto que se cobró casi 9,000 vidas en la región.
Las inundaciones repentinas, desencadenadas por el colapso de una masa de lodo y rocas en un río fronterizo, han dejado al menos 95 muertos en Nepal, mientras que decenas de personas siguen desaparecidas. Este desastre ha sido calificado por las autoridades como uno de los peores en la historia reciente del país. Entre los sobrevivientes, se encuentra la pequeña Rihana Lamichhane, de solo 11 años. Ella narra su escape después de que su escuela cerrara: “Mientras cruzaba el río, de repente el agua de la inundación bajó a borbotones”, dijo, mostrando heridas en el pecho y la pierna pero aliviada de seguir viva: “Me alegra estar a salvo. No tengo ni idea de qué les pasó a mis amigos”.
Su madre, Rita, expresó un profundo alivio al encontrar a su hija: “Me alegra que no le haya pasado nada grave. Me siento aliviada de que esté sana y salva”. A pesar de los momentos de esperanza, la situación es tensa; más de 120 personas han sido rescatadas y atendidas en hospitales de Katmandú y Rasuwa, pero la búsqueda de sobrevivientes continúa y muchos familiares esperan afanosamente noticias.
El desbordamiento del río Lhende Khola ha tenido un impacto devastador, provocando que cientos de personas sean arrastradas o resulten heridas. Este fenómeno, que ha ocurrido en varias ocasiones en los últimos 14 meses, se ha exacerbado por el colapso de un glaciar en Tíbet, que causó tres muertes y 558 desapariciones, de las cuales 260 son extranjeras, según informes de la televisión estatal china.
La llegada de familiares y vecinos a los hospitales es testimonio de la incertidumbre y la solidaridad que dominan después de la tragedia. Muchos buscan información sobre sus seres queridos, mientras las autoridades intensifican los operativos de rescate.
Estas inundaciones y deslaves no son eventos aislados; efectivamente, son recurrentes en la región, sobre todo durante la temporada de monzones. Nepal enfrenta anualmente el desafío de desastres naturales, un problema agravado por el cambio climático y la actividad sísmica en la región. El desastre reciente ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las comunidades montañesas tanto en Nepal como en Tíbet, así como la urgente necesidad de reforzar los sistemas de alerta y protección frente a fenómenos naturales cada vez más frecuentes y violentos.
Mientras el país intenta reponerse de esta tragedia, las autoridades mantienen su compromiso de buscar a los desaparecidos y proporcionar asistencia a los heridos. En medio de la devastación, la esperanza y la resiliencia de los afectados se convierten en el faro que guía hacia la reconstrucción de sus vidas.
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