El deporte, un tema que en México genera pasión y celebración, contrasta de manera alarmante con la realidad de una población cada vez más sedentaria. Un análisis reciente revela la desconexión entre los aplausos hacia nuestros atletas y la vida cotidiana de millones de ciudadanos, que se ven obligados a permanecer inactivos debido a circunstancias estructurales.
Imaginemos la rutina de una niña que, al igual que muchos, pasa su día sentada: primero en el transporte, luego en la escuela, y finalmente frente a una pantalla. Su padre, atrapado en un ciclo laboral agotador, regresa a casa demasiado cansado para practicar deporte, mientras su abuela se enfrenta al miedo de caer en un entorno urbano descuidado. Este patrón no es una elección deliberada, sino el resultado de una organización social que prioriza la inmovilidad.
El plano nacional resalta la discrepancia entre las gloriosas victorias deportivas y el estado de la salud pública. A pesar de que el derecho a la cultura física está consagrado en nuestra constitución, prácticas cotidianas y estructuras como el sistema educativo y la infraestructura urbana limitan nuestras oportunidades de movimiento. Datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) de 2023 apuntan a que sólo el 32.6% de la población infantil acumula la actividad física recomendada. Para las niñas, este porcentaje desciende a un alarmante 19.4%. Frente a pantallas, el tiempo de inacción se aplasta: un 76.4% del mismo grupo supera las dos horas diarias.
La inactividad no se limita a la infancia. A medida que maduramos, las desigualdades de género se vuelven más pronunciadas. En la adolescencia, el acoso y las presiones sociales de la imagen corporal juegan un papel significativo. En la adultez, el trabajo y las responsabilidades familiares consumen el tiempo necesario para moverse, mientras que en la vejez, el miedo a las caídas y la falta de apoyo acentuán la inactividad. Cada etapa vital puede reforzar el movimiento o, por el contrario, expulsarlo.
Es fundamental distinguir entre actividad física, ejercicio y deporte. La primera implica cualquier tipo de movimiento que eleva el gasto energético; el ejercicio es una práctica intencionada y repetitiva, mientras que el deporte añade reglas y competencia. El sedentarismo, por otro lado, se define como el tiempo en el que permanecemos inactivos durante nuestra vigilia. Para combatir esta inactividad, la política pública debe fomentar el movimiento y reducir el tiempo sedentario. No es necesario un entrenamiento intenso cada día; más bien, se requiere un enfoque en movernos con regularidad.
En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los adultos acumulen entre 150 y 300 minutos de actividad física moderada semanalmente. Para la infancia, el objetivo es un promedio de 60 minutos diarios de actividad. Los beneficios del movimiento se extienden más allá de la pérdida de peso; incluso una sola sesión puede tener efectos positivos inmediatos, como la reducción de la presión arterial y mejoras en el estado de ánimo.
La falta de acceso a instalaciones adecuadas, especialmente para mujeres, es otro obstáculo. De acuerdo con los datos, el 49.8% de las personas que no practican actividad física citan el cansancio por trabajo o las tareas del hogar como sus principales impedimentos. A esta situación se suma que las mujeres dedican 39.7 horas semanales a trabajos no remunerados, en comparación con 18.2 horas de los hombres, lo que revela una desproporcionada carga de responsabilidades.
El rol de la educación es crucial. Las escuelas, que deberían ser un refugio para el desarrollo físico, presentan deficiencias alarmantes: cifras indican que solo el 35.3% de los preescolares públicos tiene un docente de educación física. Esta falta de atención al ejercicio y al juego como herramienta formativa contribuye a un ciclo que desestimula la actividad física desde la infancia.
El reto no se limita a la responsabilidad individual; es un desafío político que exige atención y acción a nivel social. Se necesita una colaboración entre sectores —salud, educación, y desarrollo urbano— para crear un entorno propicio para el movimiento. El presupuesto destinado a la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE) es insuficiente, con sólo 19.06 pesos por habitante al año y una falta de claridad en la financiación de programas inclusivos.
El camino hacia un México más activo y saludable implica decisiones colectivas que van más allá del deporte de élite. No se trata de generar campeones esportivos que compitan en podios, sino de asegurar que todos, desde los niños hasta los ancianos, tengan acceso a un entorno donde el movimiento sea la norma. La verdadera victoria será una sociedad que valore el movimiento como un pilar fundamental de la salud y el bienestar.
Mientras la conversación sobre salud y deporte continúa, es esencial recordar que la inacción no puede ser la norma. Invertir en espacios y oportunidades para moverse es, en última instancia, una cuestión de equidad y desarrollo humano.
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