El canciller de Taiwán, Lin Chia-lung, ha declarado que el orden internacional basado en normas está en crisis, y el estrecho de Taiwán es un escenario que ilustra esta realidad de manera contundente. La situación en esta región, lejos de ser un problema local, se ha convertido en una prueba de resistencia para un sistema multilateral en apuros.
La idea central que plantea Lin es tanto simple como profunda: Taiwán no debe ser considerado un asunto interno de China, sino un actor relevante en el escenario global, actualmente excluido de organismos internacionales que dependen de su estabilidad. El estrecho de Taiwán es esencial para el comercio mundial, siendo una de las rutas marítimas más transitadas, donde circulan productos vitales como semiconductores. Estos son la base de la economía digital moderna y su interrupción, debido a tácticas de presión como incursiones cibernéticas y coerción militar, representa una amenaza directa a las cadenas de suministro globales.
Un punto crucial en el argumento jurídico que presenta Lin es la Resolución 2758 de la Asamblea General de la ONU, emitida en 1971. China ha sostenido que esta resolución justifica la exclusión de Taiwán del sistema de Naciones Unidas. Sin embargo, al analizarla con atención, se observa que el texto no menciona a Taiwán en absoluto. Se refiere únicamente a la representación de un solo gobierno de China, sugiriendo que la interpretación que limita la participación taiwanesa en organismos esenciales no está bien fundamentada. Esta distorsión del texto crea un peligroso precedente: si se permite que una resolución sea reinterpretada para excluir a 23 millones de personas del discurso global, se pone en riesgo el futuro de cualquier consenso multilateral.
Para países como México, que están estableciendo un vínculo comercial y tecnológico más estrecho con Taiwán, el debate no es solo académico. Taiwán ha demostrado ser un aliado verdadero a través de su Proyecto de Prosperidad de los Aliados Diplomáticos, ofreciendo cooperación técnica en diversas áreas, desde sistemas de salud digital en Paraguay hasta reservas de energía en Esuatini. Este tipo de colaboración es lo que la ONU debería fomentar, en lugar de obstaculizar.
La reciente elección de Khalilur Rahman como presidente de la 81ª Asamblea General de la ONU representa una oportunidad para restaurar la confianza en la institución. Una ONU que aspire a la confianza no puede mantenerla excluyendo de manera permanente a un actor que cumple con los estándares de gobernanza democrática y cooperación internacional.
La cuestión en juego no es simplemente lograr un reconocimiento político completo para Taiwán; de hecho, el objetivo taiwanés es buscar una “participación significativa” en lugar de una membresía total. Ignorar a un actor tan influyente en la tecnología y la economía en foros donde se discuten temas globales como la salud y la aviación no solo es contraproducente, sino que también deja un vacío de información y cooperación que todos, incluyendo América Latina, necesariamente resentirán.
El sistema internacional enfrenta desafíos serios y la comunidad global, especialmente en Latinoamérica, tiene un interés directo en que se cierren los vacíos que actualmente existen, con el fin de promover una colaboración efectiva y constructiva. La situación en el estrecho de Taiwán no es solo un tema regional: es un asunto que afecta a cada rincón del planeta.
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