La tarde del 27 de septiembre de 2026, la Plaza de La Maestranza en Sevilla, repleta hasta el último rincón, vivió un festejo marcado por una gran expectativa, ya que era la quinta comparecencia de Morante de la Puebla en el año. La feria de San Miguel prometía emociones, con el torero aclamado como protagonista. Sin embargo, la jornada se tornó desalentadora cuando el cuarto toro, que apenas permaneció en pie dos minutos y quince segundos, fue rápidamente despachado con una estocada casi entera. La decisión de Morante fue clara: no había tiempo que perder ante un oponente que no ofrecía resistencia.
Esta fue la tendencia observada durante toda la corrida. Los toros de Garcigrande, bien presentados en su mayoría, se mostraron indiferentes, casi desfondados, negándose a embestir y convertidos en sombras de lo que se esperaba de ellos. Aunque Morante logró ejecutar un par de tandas de muletazos con elegancia, el resto de la tarde se vio empañada por la falta de entrega de los astados.
Daniel Luque también intentó sobresalir en la jornada. Con su creatividad y destreza, brindó un espectáculo que incluyó varias verónicas y una nueva técnica inventada en homenaje a su padre. No obstante, pese a su evidente habilidad, los toros no brindaron oportunidades para lucirse con la muleta, lo que conllevó a que su esfuerzo resultara en silencio por parte del público.
Por su parte, Borja Jiménez mostró ímpetu y ansias de triunfo, aunque también se enfrentó a la negativa de los toros y al frustrante momento en que su primer astado se desplomó en el ruedo. Un momento emotivo en la tarde fue la despedida de Luis Blázquez, subalterno de Jiménez, quien recibió una cálida ovación al finalizar su intervención con el sexto toro, aunque la gratitud del público fue matizada por un chasco al ver que el torero no le brindó el toro a su compañero.
El evento marcó el cierre de la feria, dejando una sensación de desilusión por la falta de lucidez de los toros, que no cumplieron con las expectativas creadas. Se hace evidente que una corrida de esta magnitud, y con toros de Garcigrande, tendría un recorrido distinto si hubiera estado bajo la mirada de figuras menos consolidadas.
Con la música resonando en el aire en honor a Blázquez y el público despidiéndose con una mezcla de ovaciones y suspiros, la jornada concluyó de manera agridulce. La Maestranza, un espacio emblemático para la tauromaquia, se quedó con un eco de promesas no cumplidas, recordando a todos que, al final, en la lidia, el toro siempre es el verdadero protagonista.
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