La historia política de México ha estado marcada por dinámicas de poder que han desafiado los principios democráticos establecidos. Uno de los episodios más representativos es el rol de figuras influyentes que, aunque no ocupan oficialmente la presidencia, han ejercido un control decisivo sobre el gobierno. Este fenómeno ha sido catalogado como “Maximato”, evocando el periodo en que Porfirio Díaz, abanderando el lema de “No Reelección”, tomó las armas en dos ocasiones: primero, en 1871 con el Plan de la Noria, y luego, en 1876 con el Plan de Tuxtepec. Tras el segundo intento, logró acceder al poder y promulgar una reforma constitucional que prohibía la reelección en periodos continuos.
En 1880, al concluir su primer mandato presidencial, no podía buscar la reelección hasta 1884. Ingeniosamente, promovió a Manuel González, un leal aliado, a la presidencia, quien implementó avances significativos en la infraestructura del país. Sin embargo, tras un periodo de corrupción y el desvío de la lealtad de González, Díaz recuperó el poder en 1884.
El Maximato resurgió décadas después con Plutarco Elías Calles, quien, tras la muerte del reelecto Álvaro Obregón en 1928, asumió el control indirecto del país, designando presidentes sucesivos hasta que su influencia fue cuestionada por Lázaro Cárdenas en 1936, quien finalmente lo expulsó de poder.
Avanzando hacia el presente, el actual mandatario Andrés Manuel López Obrador ha sido marcado por similitudes con estos pasados episodios. El 5 de julio de 2021, tres años antes de concluir su mandato, hizo pública su preferencia por Claudia Sheinbaum como posible sucesora, un acto inesperado en un contexto donde tradicionalmente el “destape” se reservaba hasta el último momento. Sheinbaum, como primera mujer en aspirar a la presidencia, parecía aceptar esta tutela, lo que generó debates sobre el verdadero alcance del liderazgo del presidente.
Sin embargo, la autoridad de López Obrador ha empezado a tambalearse. Su decisión de liberar a Ovidio Guzmán, en lugar de celebrar su captura, descalificó su política de “abrazos, no balazos”, y marcó un punto de fractura con figuras clave, como Omar García Harfuch, quien posteriormente abandonó su estrategia original.
La situación se complicó aún más con la controversia relacionada al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, quien fue vinculado con el narcotráfico por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. A pesar de la defensa pública de López Obrador hacia Rocha, este conflicto evidenció más divergencias en la alineación de poder entre la presidencia y el liderazgo estatal.
El 2 de septiembre de 2026, la presidenta Sheinbaum, en un intento por clarificar su papel y refutar las especulaciones sobre el control que López Obrador podría ejercer sobre su gobierno, dio un mensaje contundente: la idea de que él estaba gobernando a través de ella es una noción “machista”. Esta declaración subraya el crujir del Maximato, sugiriendo que, como sus predecesores, el control tras el trono podría estar llegando a su fin una vez más.
La respuesta de los observadores a este fenómeno político es de creciente interés, ya que sirve como un recordatorio de las lecciones históricas que, sin duda, continúan resonando en la política contemporánea de México. Con un panorama que está en constante evolución, las repercusiones de estos movimientos se aguardarán con expectación en los próximos meses.
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