En un rincón del vasto mundo del coleccionismo, surge un fenómeno fascinante: el “kid-ulting”, un término que describe la afición de los adultos por coleccionar juguetes y figuras de acción, una actividad que trasciende la barrera de la infancia. Un caso emblemático es el de Tristan Wigglesworth, conocido en YouTube como Top Pops. Con más de tres millones de suscriptores, Tristan, de veinticinco años, ha convertido su pasión por los Funko Pops —vinilos que representan una variedad inabarcable de personajes de la cultura pop— en un verdadero imperio digital. A pesar de que estima que solo un diez o quince por ciento de sus visualizaciones proviene de un público más joven, la mayoría de sus seguidores tienen entre veinticinco y cuarenta y cuatro años, revelando un cambio notable en la percepción del coleccionismo.
Tristan es dueño de más de cinco mil Funko Pops y su contenido abarca casi todos los aspectos relacionados con este fenómeno, desde experimentos curiosos hasta reseñas de figuras consideradas “R-rated”, es decir, destinadas a un público adulto. Este tipo de juguetes no solo despiertan la nostalgia, sino que también se han convertido en activos de inversión, conocidos como “pasión assets”. Un estudio indica que ciertos modelos de juguetes, como algunos conjuntos de Lego, han mostrado un retorno anual promedio del once por ciento, sugiriendo que, para algunos coleccionistas mayores, el acto de coleccionar representa una forma de manejo financiero responsable.
El interés por los juguetes en la adultez no se limita a unos pocos entusiastas. En un encuentro reciente en la Feria del Juguete, la experta en tendencias de la Asociación del Juguete, Maddie Michalik, destacó las diversas motivaciones que impulsan a los adultos a coleccionar. “La nostalgia, la exhibición y la conexión con sus franquicias favoritas” son solo algunas razones que mencionó. A lo largo de los años, el estigma cultural que rodeaba a los juguetes ha ido en disminución, llevando a una mayor aceptación de esta pasión como una forma válida de expresión personal.
Algunos analistas han vinculado esta resistencia a abandonar los pasatiempos infantiles con el cambio en las etapas establecidas de la vida adulta. La tasa de matrimonio en EE. UU. alcanzó su punto más bajo en 2019, y la tendencia de tener hijos se ha pospuesto, un fenómeno que ha llevado a muchos adultos jóvenes a vivir con sus padres. Esto crea una sensación de adolescencia perpetua, como indica el sociólogo Keith Hayward, autor de “Infantilised: How Our Culture Killed Adulthood”. En un contexto donde la adquisición de una vivienda se percibe como un objetivo inalcanzable, algunos optan por invertir en juguetes en lugar de propiedades.
Hayward argumenta que la prolongación de la infancia en la cultura contemporánea es impulsada en parte por las estrategias de marketing. Las empresas han aprendido que es más sencillo llegar a los niños, pero, conforme estos crecen, los productos deben adaptarse a sus nuevas realidades. Esta dinámica ha llevado a los adultos hacia un consumismo enfocado en lo lúdico, creando un escenario en el que “dejar atrás la niñez” ya no parece necesario.
En un mundo donde los valores y prioridades están en constante cambio, el kid-ulting se erige como un testimonio de cómo la cultura contemporánea acepta y celebra lo que alguna vez se consideró un territorio exclusivo de niños. Cada figura de acción o muñeco en estas colecciones representa una parte de la historia individual de quienes eligen disfrutar de su pasión sin apenarse, desafiando a la vez nuestras concepciones sobre la vejez y la madurez.
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