Las adaptaciones cinematográficas de novelas consideradas míticas suelen enfrentar retos significativos, más aún cuando estas obras trascienden su narrativa para encarnar un tiempo y un lugar concretos. Este es el caso de “Las ciegas hormigas”, la obra debut de Ramiro Pinilla, galardonada con el premio Nadal en 1960. Desde su publicación, la novela ha sido comparada con las obras de William Faulkner, especialmente con “Mientras agonizo”, debido a su representación del microcosmos de Getxo, en el País Vasco, un lugar que simboliza la esencia de su entorno, de manera similar a lo que hace Yoknapatawpha en la obra de Faulkner, que refleja la decadencia del sur estadounidense.
Las adaptaciones de novelas que han alcanzado la categoría de mitos a menudo no logran capturar la complejidad y el trasfondo emocional que sus escritos originales transmiten. Ejemplos notables incluyen “Cien años de soledad”, donde la singularidad del Macondo y su protagonista, José Arcadio Buendía, se ven diluidos en intentos de representación en pantalla. El cineasta Igor Legarreta, en su reciente adaptación de “Las ciegas hormigas”, enfrenta un desafío similar. Aunque su película se filmó casi en su totalidad en euskera, muchos críticos han argumentado que la interpretación de la novela es superficial y carece de la profundidad que caracteriza la obra de Pinilla.
La novela, aunque no establece un tiempo específico para su narrativa, frecuentemente se relaciona con la posguerra civil española y el contexto del franquismo. Sin embargo, Pinilla se inspiró en un evento de 1929, cuando un barco inglés encalló en las costas de Getxo, lo que lo llevó a imaginar un contexto de pobrezas y desafíos ante la represión de las autoridades. Legarreta, en su adaptación, elige situar la historia en 1930, marcando el final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera.
Uno de los obstáculos en la adaptación es la perspectiva narrativa que Pinilla emplea en su novela. Esta presenta múltiples voces, destacando principalmente la de un hijo que observa el pasado desde un futuro incierto, mientras los otros personajes expresan sus pensamientos a través de monólogos internos. Lamentablemente, esta complejidad se pierde en la película, que adopta un enfoque más lineal y simplificado.
A pesar de la notoria dirección artística, la película sufre de un aura académica que le resta dinamismo. La iluminación, aunque estéticamente cuidada, provoca que los escenarios interiores se sientan uniformes, limitando la diversidad visual que las complejidades de la narrativa original podrían ofrecer. Además, el actor Urko Olazabal, encargado de interpretar a Sabas, no logra transmitir la magnitud del carácter heroico y trágico del personaje, como lo establece la novela.
La secuencia que retrata el encallamiento del barco es uno de los elementos que se resuelven con mayor acierto, a pesar de las limitaciones de presupuesto. Sin embargo, la trama central, que abarca la lucha por la supervivencia a través de la recolección de carbón y los traumas familiares, se presenta como insustancial y carente de la intensidad emocional que caracteriza la obra de Pinilla.
El filme de Legarreta, aunque intenta reflejar los eventos de la novela, se queda corto en términos de magnitud y contenido, lo que podría decepcionar tanto a los lectores de Pinilla como a los nuevos espectadores. En última instancia, “Las ciegas hormigas”, en su versión cinematográfica, representa un esfuerzo que, a pesar de su potencial, apenas roza la superficie de la rica narrativa original.
La adaptación de “Las ciegas hormigas” fue dirigida por Igor Legarreta y cuenta con la actuación de Urko Olazabal, Itziar Ituño, Josean Bengoetxea y Carlos Santos. El filme, un drama español de 101 minutos, se estrena el 9 de octubre de 2026.
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