Cientos de panameños continúan abrigándose en plazas y parques, días después de un devastador terremoto de magnitud 7.7 que sacudió el país el 7 de octubre de 2026. La situación es crítica, ya que muchos temen regresar a sus hogares, que han quedado seriamente dañados, y se enfrentan a una serie de réplicas que amenazan con reavivar el terror vivido durante el sismo.
Entre los desplazados se encuentra Gloria Gutiérrez, de 67 años, quien relató a reporteros cómo ha pasado la noche sentada en una silla plegable en el parque de Chitré, a 250 kilómetros al suroeste de la capital. La preocupación por el estado de sus viviendas y la falta de energía eléctrica ha llevado a muchos a establecerse temporalmente en espacios públicos. Con una población de aproximadamente 4.5 millones de habitantes, Panamá se enfrenta a un panorama desgarrador tras la sacudida del viernes. Medios han reportado al menos 30 heridos y daños significativos en infraestructuras de todo tipo: desde viviendas y escuelas, hasta hospitales y carreteras, especialmente en las provincias más afectadas, que incluyen Herrera, Los Santos, Coclé y Veraguas.
La ciudad de Chitré, hogar de más de 66,000 personas, ha sido severamente golpeada; techos y paredes se han colapsado, y las calles están salpicadas de escombros. En el parque, los vecinos se reúnen en colchones improvisados, buscando alguna forma de descanso ante la incertidumbre. Desireth Villarreal, de 29 años, describe el caos en su hogar cuando el sismo destruyó el cielo raso donde vivía. Su desesperación se hace evidente al cuestionar quién podría reparar su vivienda.
La situación se repite en Macaracas, donde las imágenes de casas destruidas y utensilios esparcidos cuentan la historia de un impacto devastador. Javier Jiménez, un jubilado de 68 años, ha tenido que refugiarse en un colegio cercano. “No podemos habitar esto”, se lamenta mientras mira la entrada de su hogar cubierta de tejas destrozadas. La tensión entre los residentes es palpable, con relatos de pánico y huida inmediata tras el temblor.
Ante esta crisis, el presidente José Raúl Mulino ha decretado el estado de emergencia, permitiendo al gobierno movilizar hasta 100 millones de dólares en ayuda humanitaria, con el fin de acelerar la asistencia a las áreas más afectadas. Aunque aún se están evaluando los daños en varias comunidades incomunicadas debido a la destrucción de carreteras, hasta ahora, no se han reportado víctimas mortales, según Malitzie Rivera, subdirectora de Protección Civil.
La ayuda humanitaria ha comenzado a llegar, partiendo de Estados Unidos, que envió agua, alimentos y equipos de rescate. En la capital, donde la vida ha vuelto lentamente a la normalidad, el impacto del sismo se sintió con particular intensidad, provocando la evacuación de rascacielos y la suspensión temporal de operaciones en el aeropuerto de Tocumen, un importante centro de conexión aérea en la región.
Sin embargo, las autoridades han garantizado que el Canal de Panamá, un eje vital del comercio marítimo mundial, continúa funcionando con normalidad. Como el ministro de Economía, Felipe Chapman, reafirma, “el país no se va a detener”. La comunidad panameña se enfrenta a un camino arduo hacia la recuperación, pero muestra una resiliencia que puede ser un faro de esperanza en medio de la calamidad.
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