Los altos costos de la vivienda en la Ciudad de México están generando un complicado escenario para los trabajadores formales e informales. José María Nava, especialista en desarrollo urbano, señala que la combinación de salarios estancados y políticas públicas ineficaces ha llevado a muchos a abandonar sus créditos hipotecarios. A medida que los precios de la vivienda se disparan, se hace cada vez más claro que el acceso a la vivienda se convierte en un lujo que la mayoría no puede permitirse.
En el segundo trimestre de 2026, el precio medio de una vivienda en la capital mexicana alcanzó los 4 millones 285 mil 135 pesos, un asombroso monto que duplica el promedio nacional de 1 millón 960 mil 32 pesos. Este incremento de precios se ve exacerbadо por la saturación del suelo urbano. Aunque casi el 50% del territorio capitalino se clasifica como rural, las áreas urbanas están densamente pobladas, lo que inevitablemente eleva el costo del suelo y, por lo tanto, de la vivienda.
El salario promedio de los trabajadores formales afiliados al IMSS fue de solo 800.86 pesos diarios en agosto de 2026, resultando en un ingreso mensual de aproximadamente 24 mil 360 pesos. Con este ingreso, un trabajador formal necesitaría destinar 14.7 años de salario íntegro para adquirir una vivienda. La situación es aún más crítica para quienes laboran en la informalidad, con un ingreso mensual estimado en 9 mil 935 pesos. Esto significa que tendrían que trabajar por 36 años para poder comprar una casa.
Está claro que la brecha entre los ingresos y los costos de la vivienda es un factor crucial que contribuye al abandono de créditos hipotecarios. El aumento constante de los costos, sumado a la inestabilidad económica del país, incita a los deudores a dejar de pagar. La falta de opciones habitacionales asequibles instiga a muchos a recurrir a la construcción informal, una solución que, aunque práctica, a menudo resulta insostenible.
A lo largo de las últimas décadas, el modelo de desarrollo habitacional ha estado centrado en construir vivienda colectiva en municipios periféricos, lo que ha alejado a miles de habitantes de sus lugares de trabajo y servicios esenciales. Esta tendencia ha aumentado los tiempos de traslado, encareciendo la vida cotidiana.
Ante esta complicada situación, Nava sugiere que una solución inmediata para reducir el déficit de vivienda es fortalecer la oferta de alquiler asequible. “No tendré una vivienda propia, pero puedo rentar y con mi salario puedo cubrir esa renta, además de satisfacer mis necesidades vitales”, argumenta.
Comparando la situación en otros estados, en Nuevo León, el ingreso promedio de un trabajador es de 22 mil 119 pesos mensuales, y el precio medio de una vivienda es de 2 millones 42 mil 664 pesos, lo que implica destinar casi 8 años de salario para poder adquirirla. En Jalisco, los trabajadores ganan un promedio de 19 mil 773 pesos mensuales y el precio medio de una vivienda es de 2 millones 107 mil 232 pesos, requiriendo 8.9 años de salario.
Mientras las políticas públicas no se ajusten a la realidad del mercado inmobiliario y no se fomente la construcción de vivienda asequible, miles de ciudadanos seguirán atrapados en un ciclo de inestabilidad económica y abandono de créditos.
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