Hubo un tiempo en que en la Costa del Sol se podía ver a Brigitte Bardot tomando una copa en un restaurante acompañada de un burro. También a John Lennon y Brian Epstein en una cafetería, al eterno falsificador Elmyr de Hory bajar a la playa con una cesta de esparto, a Sean Connery entre el público de un cine donde proyectaban películas de James Bond, a Jean Cocteau trabajando sus cerámicas o a los mafiosos hermanos Kray sacar su pistola con demasiada rapidez ante cualquier discusión.
Con el apoyo de una incipiente Marbella y del círculo literario que Gerald Brenan y Gamel Woosley impulsaron en Churriana, Torremolinos fue el epicentro de aquellos años dorados en un paisaje formado por un puñado de pueblos blancos. Gentes de medio planeta se reunían allí para exprimir la dolce vita sin que nadie pidiera explicaciones. Lo hacían en la playa, pero también en garitos como Pedro’s, The Blue Note o el Betty’s Bar. A la propietaria de este último, la novillera británica Betty Pope, la recuerdan entreteniendo a Frank Sinatra mientras Ava Gardner se veía con Luis Miguel Dominguín.
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La lista de personajes que en la segunda mitad del siglo pasado pasaron por el litoral malagueño parece infinita, especialmente entre los años sesenta y ochenta. Hasta 150 se nombran en la publicación Excéntricos en la Costa de Sol, obra de José Luis Cabrera y Carlos G. Pranger ilustrada por Cintia Gutiérrez, que acaba de inaugurar la línea editorial del Centro Cultural La Térmica de Málaga.
Una recopilación de vidas que superan la ficción, llenas de anécdotas, sorprendentes amistades y estampas que permiten atisbar la magia de un rincón de libertad en pleno franquismo. El Torremolinos que marcó época era “un vodevil, una fiesta que no parecía tener ni principio ni final”, como apuntan los autores en el libro, en el que han trabajado intensamente durante dos años “para que la historia de la Costa del Sol no se pierda”, como afirma Cabrera.

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Las grandes biografías se mezclan con detalles como la venta de anticonceptivos en la farmacia de Torremolinos, en cuyas calles se mezclaba el olor del hachís de hippies y beatniks con mujeres de luto o familias de pescadores. Una droga desconocida entonces (“no teníamos ni idea de drogas”, reconocía en una entrevista reciente Fernando Camacho, uno de los integrantes de la primera brigada de estupefacientes, nacida en 1976) tan protagonista como el alcohol. El escritor y guionista William McGivern dejó escrito que en este edén “los criados y el licor” resultaban “asombrosamente económicos”.
Varios escritores de la generación del 27, junto a Salvador Dalí y Gala Éluard —quien protagonizó el primer top less documentado de la Costa del Sol—, fueron pioneros en disfrutar de este rincón en los años previos a la Guerra Civil. Se alojaban en el hotel Santa Clara, regentado por George Langworthy. Aquel lugar aún virgen despegó tras el fin del protectorado de Marruecos, cuando los habitantes de aquella Tánger internacional vieron en Torremolinos un espejo al otro lado del Mediterráneo. El terremoto de Agadir de 1960 impulsó a otros muchos a abandonar el continente africano. Y el boca a boca terminó uniendo los caminos de los más variados personajes cuando el cemento que hoy invade el litoral malagueño era apenas un mal sueño.

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“Solíamos sentarnos en un café de Torremolinos mirando a todos los chicos, yo le preguntaba: ‘¿Te gusta este? ¿Te gusta aquel?”, recuerda John Lennon en sus memorias tras su visita a Torremolinos en 1963 junto al representante de The Beatles, Brian Epstein. Este volvería dos años más tarde para visitar el tablao flamenco La Bodega Andaluza, donde vio bailar a Carrete. El inicio de la década de los sesenta llevó el primer pub inglés a Málaga, Shelagh’s Bar.
También puntos de encuentro como el Betty’s Bar o The Fat Black Pussy Cat, impulsado por el cantante John Mitchell, al que una vez se vio entrar a una sucursal bancaria a lomos de su caballo. Otro indispensable era Pedro’s, donde Henri Charrière ―autor de Papillon― tomaba el aperitivo cerca de la mascota del establecimiento: un loro llamado Capitán Morgan. Otro loro acudía al bar Three Barrels en el hombro de Dave Black, veterano de guerra que pedía una cerveza para él y un ron-cola para el ave.
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Más de dos décadas llevaba ya en la zona Gerald Brenan, quien adquirió la casa de la familia Heredia en Churriana en 1943. Esta barriada de Málaga, hoy zona residencial al borde del aeropuerto, era entonces una fértil vega convertida en uno de los epicentros mundiales de la literatura. Brenan y su mujer, Gamel Woosley, reunieron en su hogar a varias generaciones de literatos en un tiempo que ha pasado a la historia como los Golden Years (años dorados), en los que el autor británico también coleccionaba amantes, fiestas y conversaciones entre whiskys en los que alguna vez sustituyó la soda por Casera.
Sus visitas también frecuentaban La Cónsula, casa adquirida por el matrimonio estadounidense formado por Bill y Annie Davis. Por allí pasaron Cyril Conolly, Bertrand Russell, Laurence Olivier, Orson Welles, Vivien Leigh, Lars Pranger, Lynda Nicholson o el propio Ernest Hemingway, que en una de sus muchas estancias celebró allí su 60 cumpleaños. Su encuentro con Brenan no fue demasiado exitoso. El autor de Al sur de Granada lo recuerda en sus memorias como “una especie de capitán de barco de barba blanca que solo quería hablar de toros”.



