En Chilpancingo una niña de 15 y un niño de 16 años pertenecientes de la comunidad na savi, en la montaña de Guerrero se encuentran refugiados en centro de apoyo a las familias, tras huir de sus casas, porque querían casar a la niña con otro a cambio de 200.000 pesos (más de 8.000 euros).
Ocurre con frecuencia en esas tierras y en otras comunidades mexicanas. Lo que es extraordinario es que nadie sabe muy bien qué hacer con ellos, cómo darles una salida, porque volver a la comunidad no parece factible, han quebrantado el honor de la familia y del pueblo entero, les acusan.
El pasado 10 de noviembre, la nueva gobernadora de Guerrero, Evelyn Salgado, se presentó en Tlapa con varios funcionarios, la presidenta de Inmujeres, Nadine Gasman, y autoridades de la zona. Al ritmo de tambores iban a presentar una estrategia para prevenir, atender, sancionar y erradicar la violencia contra niñas y mujeres en la zona. Durante su campaña electoral ya prometió hacer de Guerrero un santuario para las mujeres. Pero esa estrategia no tiene solidez, ni liquidez, porque todavía se busca que les llegue dinero a las presidencias municipales para combatir esas violencias.
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Anayeli buscó refugio en casa de su novio de verdad, otro chiquillo que vive cerca de ellos. Querían escapar, pero adónde, quién los llevaría. Entrar y salir de la montaña por esos caminos intransitables son horas de automóvil, si es que hay uno disponible. A las claras del día, cuando la familia fue a buscar a la novia y halló la alcoba vacía se desató una búsqueda vecinal que pronto dio con sus presas. Al calabozo ambos. Y un tío de la niña y un primo, que fue, dicen, el que negoció con la familia del contrayente los 200.000 pesos de la venta.
En México están prohibidos los matrimonio a esas edades, pero la ley es una cosa y la tradición otra. Ante los Principales y otros responsables comunitarios, las autoridades del Estado y federales ven disipada su fuerza. Con todo, los abogados de Tlachinollan consiguieron finalmente sacar a los niños de allí y bajarlos montaña abajo hasta Tlapa. Hubo conversaciones durante horas con las familias, con los novios, los de verdad, que no querían ir al centro de apoyos a las familias (DIF) de Chilpancingo.
En el DIF, los psicólogos atienden a los chicos, dejan que sus familias les visiten, asegura Barrera, pero nadie ve prudente que vuelvan al pueblo por ahora. Él estaba estudiando, ella no. Ambos se dedican por largas temporadas a los jornales en el campo.
Varias veces el asunto de la venta de niñas le ha salpicado a AMLO. Hace unos meses, esta práctica saltó con fuerza a los medios de comunicación y fue preguntado por ella. Siempre responde que no es algo generalizado, que no se puede culpar a las comunidades y que esos pueblos están llenos de valores. El mandatario visitó un par de días Guerrero, pero ese era un asunto, dijo, que no había ido a tratar, porque no era la regla, sino la excepción. Declaró que la difusión de esos matrimonios forzados obedece a “una campaña de quienes no conocen las comunidades ni las culturas de los pueblos”.
La asociación de derechos humanos Tlachinollan lleva trabajando años en la montaña. Conoce y defiende los “valores culturales, morales y espirituales” de esos pueblos que ensalza en presidente. Pero no dejan de denunciar la venta de niñas, un asunto, dicen, que tiene que acabar.
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