El escalofrío es inmediato cuando me entero de que alguien se ha ido, en palabras de Hamlet, a ese lugar por descubrir y de cuyos confines ningún viajero retorna, por voluntad propia, por exceso de sufrimiento, por devastación irreparable en el cuerpo o en el alma.
Y me aterra especialmente cuando me cuentan que el suicida ha sido un niño. También cuando conocías poco o mucho a esa persona. Yo siento piedad por ellos, admiración hacia su coraje (ya sé que los morales y los necios arrogantes califican el suicidio como un acto de cobardía), comprendo la soledad y el horror que sentían.
Y se me pone mal saber de la muerte de Verónica Forqué y de las circunstancias en las que ha ocurrido. Pero al recordarla me aparece inmediatamente la sonrisa. Su personalidad, su capacidad para despertar en los espectadores la sonrisa o la carcajada, la alegría de su gesticulación, su comicidad no eran impostadas. Son reales. Y esos dones no están al alcance de cualquiera. Me caía muy bien.
Era una actriz con luz, graciosa, tierna. Con el ser humano traté en pocas ocasiones.
Nunca la vi actuar en teatro. Y solo ocasionalmente en series de televisión. Sin embargo, tengo muy agradecida memoria de sus interpretaciones en el cine. Dominaba el ritmo que precisa la comedia, tenía una voz peculiar y la sabía utilizar, risa contagiosa, magnetismo. Y unos ojos hermosos. Ya sé que eso no es preciso para componer personajes, pero nuestra vista lo agradece.
Cómo olvidar a la regocijante, casera y entrañable puta del Barrio de la Concepción en la excelente película de Pedro Almodóvar, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?; su secuencia con el delirante exhibicionista que interpretaba Jaime Chávarri está abarrotada de gracia.
Y guardo nítidamente en la memoria el vitalismo, la humanidad y la diversión que imprimía a sus personajes, en papeles largos o cortos, en títulos como Bajarse al moro, El año de las luces, La vida alegre, Sé infiel y no mires con quién, Salsa rosa. También apareció en trabajos nada memorables, pero yo siempre agradecía verla en la pantalla. Tenía ángel.
El recuerdo es escaso, aunque grato, de una película en la que fue dirigida por Manolo Iborra, su entonces pareja. El título era precioso: El tiempo de la felicidad. Ojalá que esta mujer que padeció un final tan trágico e inmerecido haya disfrutado en otras épocas de su vida del tiempo de la felicidad.
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