Por Lya Gutiérrez Quintanilla
Este investigador que los últimos 20 años de su vida los pasó en Morelos, en sus estudios de la cordillera de Tepoztlán, obtuvo como reconocimiento por sus aportaciones e investigaciones sobre ese municipio,
En sus estudios sobre Tepoztlán, don Daniel fue auxiliado durante todos esos años, por estudiosos como el Dr. Rubén Valdez, quien incluso le presentó a Luis Chávez, monje benedictino dibujante de varias de las ideas de Ruzo para el libro referido. Don Daniel poseía una mirada cálida, profunda e inteligente. En su forma de ser era un hombre educado y sensible, hablaba con acento peruano y siempre sonriendo. Su amplia experiencia como investigador de la protohistoria le permitió reconocer señales de otras Eras. No se detuvo en la arqueología, don Daniel iba más allá. Y al ser un hombre adelantado a su época que difícil era entrevistarlo si a la vez era calma y tempestad, silencio y presagio y que en sí mismo conjugaba en sus conversaciones el pasado, presente y futuro de la humanidad en su conocimiento de algunos de los ciclos humanos. De hecho, aseguraba que el tiempo era uno solo, como una larga carretera blanca. Así, un día el investigador peruano confesó a quien esto escribe en aquella mañana pintada de plata lo que él pensaba acerca de la teoría antropológica de las cinco humanidades que “están plasmadas en la Piedra del Sol: Esto lo aprendí -–decía–, de las más antiguas tradiciones.
De las cinco conocemos ésta y la anterior que es la de los patriarcas hebreos que empieza con Adán. Pero ese Adán es el segundo. Es el que comenzó a agrupar a los hombres, el primero fue seguramente un Cromagnón con menos evolución de su tercer cerebro. Todos tenemos un cerebro de reptil, uno de mamífero y el de humano, en todos los hombres co-existen y eso es lo que nos “jala” a la humanidad. Tenemos dos y medio millones de años de evolución, en ese tiempo éramos animales. Imagínense cómo será el ser humano dentro de dos y medio millones de años”. La plática siguió sobre la enorme mesa de fina madera de su biblioteca; nos platicaba punto por punto, sus pensamientos y a una pregunta dada respondió: “Como yo, no. Yo soy un pobre mono sin rabo abrumado por la animalidad. Pero yo me doy cuenta, los otros no. Mire, –continúa–, somos un producto de la tierra a través de la evolución que la misma tierra hace. Si alguien progresa, no es porque es una maravilla, sino porque es un digno representante de la tierra. Ahora nos enfrentamos a una crisis tremenda, porque estamos ante el caos de la muerte. La humanidad se está suicidando, –esto me lo reveló hace cerca de 40 años–, piense ud.,–agrega–, cómo salvarse si la propia humanidad está dirigida por hombres, a su vez elegidos por imbéciles. ¿Cree ud. que así se puede llegarse a algo?”.
Esto lo suelta a secas tampoco hace falta decir más. “Si yo grito esto en la calle, soy un loco o un oligarca, la ciencia aún no lo cree. No entienden, por eso para qué decirles nada, en cambio lo que sí tengo que manifestar es que, dentro de 150 años, la humanidad muere y el final iniciará en 2023”. Mientras esto expone, su voz se acomoda por los rincones de la habitación donde estamos, si acaso, un leve respirar de don Daniel nos interrumpe. Estas terribles palabras que me aseguró hace casi medio siglo, las dijo este profeta sin ningún asomo de amargura, fue como si de pronto, hubiera querido compartir una vez más, ese conocimiento que lo ha agobiado. “Así, como yo lo he dicho, que yo sepa, nadie lo ha expresado, porque se van por la mística y no por el fondo cronológico. Es que no creen las señales que nos han dejado otras Eras, lo demuestran monumentos egipcios y los Aztecas, en la Piedra del Sol que es un monumento de 24 toneladas que dice esto a gritos. Pero es inútil, nadie lo cree, porque el hombre es un mono sin rabo. La presente tragedia es que cualquier imbécil escribe un libro y se lo publican. Todas estas obras que ves” –señala a su enorme acervo bibliográfico– “representan 60 años de trabajo mío para esta finalidad única”. Daniel Ruzo, quien pasó la vida trabajando, haciendo lo que sintió que tenía que hacer soportando la acompañada soledad y la incomprensión que experimentan quienes se atreven a pensar diferente a los demás, contó con una concepción distinta de la vida. “Lo dije en París, ante la Sociedad de Nostradamus, cuando me homenajearon con la medalla de la ciudad”. Al decir lo que para él era importante, abría mucho sus ojos claros de tanta luz, mientras tanto a veces el silencio nos rodeaba.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial.
La nota precedente contiene información del siguiente origen y de nuestra área de redacción.


