Christoper Nkunku está celoso de Timo Werner. La pareja de delanteros del Leipzig visita esta noche el Bernabéu con una doble misión: competir contra el Madrid y superar los rencores que los distancian en el campo desde que Nkunku se sintió degradado porque a Werner le pagan más que a él.
“No me cierro ninguna puerta”, advertía Nkunku a principios de junio. A sus 24 años, el futbolista nacido en Lagny-sur-Marne, tierra de brie y de champán, gozaba con el dulce rumor de las estadísticas deslumbrantes y rumiaba un gran traspaso en el curso medio de la canícula. Los 31 goles y las 16 asistencias que lucía en la hoja de servicios de la última temporada en el Leipzig abrían todas las puertas de su imaginación, agitaban los cenáculos mediáticos y animaban a los grandes clubes de la Premier —son ricos pero procuran dentro de lo posible no tirar el dinero— a examinarlo al microscopio.
Los informes fueron inconcluyentes. Dos meses después de la ensoñación Nkunku sigue en el Leipzig. Lo anima la expectativa de que algún día demostrará que es un gran futbolista en situaciones como esta noche de Champions.
Nkunku no fichó por el Manchester, ni por el Chelsea, ni por el City, pero el murmullo de Pini Zahavi, su nuevo agente, insinuando que lo había puesto en el escaparate, bastó para provocar a Oliver Mintzlaff. Temeroso de perder al jugador que le había clasificado para la Champions, el efusivo presidente del Leipzig le renovó el contrato hasta 2026 prometiéndole que le convertiría en piedra angular de su proyecto. Los medios alemanes indicaron que el club le había convertido en el jugador mejor pagado asignándole un salario anual de unos cuatro millones de euros netos. Por fin, después de tres años en Alemania, Nkunku sintió que le reconocían el talento que él cree tener desde que militaba en la cantera del Paris Saint-Germain, que le dejó marchar en 2019.
El Leipzig respaldó la inversión en el peso de la estadística. Después de Benzema (42 goles y 13 asistencias), Mbappé (35/19) y Lewandowski (49/5), este baremo de productividad situaba Nkunku como el hombre más decisivo del fútbol europeo al término de la temporada 2021-22. La realidad reservó otra contingencia menos visible: ninguno de los grandes clubes que rondaba Zahavi ofreció al Leipzig cantidad alguna por los servicios de Nkunku. Como dijo un técnico que trabaja para un gran club de Inglaterra: “El fichaje de Nkunku hay que pensárselo hasta con carta de libertad”.
No es un joven problemático. Técnicamente es bueno y su movilidad raya en hiperactividad, no siempre para bien del equipo. Hasta ahí, los informes, según fuentes de la Premier, animaban al gasto. Luego comenzaba la parte descorazonadora: Nkunku tiende a la dispersión. La clase de placer que sobreviene a los jugadores hedonistas cuando durante los partidos se dejan embelesar por el espectáculo que les rodea, convirtiéndole en espectadores más que en actores. Dependiendo de los días, sin razón aparente, el rendimiento del francés puede ser memorable o irrelevante.
“Ha evolucionado muy positivamente, lleva un muy buen camino y todavía puede seguir mejorando”, respondió Marco Rose, el técnico del Leipzig, cuando este martes le preguntaron por la fiabilidad del delantero francés. “Nadie le ha exigido que muestre su nivel más alto y sería injusto cargar sobre él toda la responsabilidad de un partido contra el Madrid; es un muy buen jugador que todavía puede hacer más. Vamos a disfrutar más de su presencia”.
El muchacho de la casa
Rose se mostró crispado ante la cuestión de la regularidad del jugador. Entre quienes conocen a Nkunku existe la sospecha de que aquello que le moviliza puede que no sea el amor por el fútbol ni el afán de competir sino el deseo de reconocimiento traducido en dinero. Esta circunstancia le amargó la pretemporada cuando supo que el presidente Mintzlaff, en otro arrebato sentimental, había repescado a Timo Werner, el muchacho de la casa vendido al Chelsea hace dos años.
Según fuentes próximas al Chelsea, el Leipzig pagó 20 millones por recuperar al internacional alemán y le respetó el salario que tenía en Londres, que ascendía a siete millones de euros netos, tres más de lo que gana Nkunku. Desde que ambos han vuelto a convivir en el mismo vestuario, Werner exhibe su introspección habitual mientras que su compañero indica a sus amigos que les costará entenderse en el campo. Werner, dice, no le devuelve las paredes como Poulsen, Silva, Forsberg o Szoboszlai.
Nkunku comenzó este curso por debajo del nivel que mostró el pasado. No fue una excepción en la atonía general. Se apresuró a denunciarlo el presidente Mintzlaff, al cabo de la segunda jornada de Bundesliga, tras cosechar dos empates: “Hemos hecho un inicio de temporada de mierda”.
Las cosas no han mejorado desde entonces. Al contrario. El equipo debutó en Champions con un 1-4 ante el Shakhtar. Si el Leipzig pretende reaccionar esta noche frente al campeón de la Champions conviene que sus dos estrellas resuelvan congeniar.
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