Me dirigía a la radio, en el metro, a trabajar, cuando fui atacado por una fantasía sexual de alta gama, pese a pertenecer yo a la clase media y a que no había puesto voluntad alguna en desarrollarla. De hecho, cuando me atacó, iba repasando el guion de ese domingo, que no tenía nada que ver con el sexo. Intenté, como es lógico, rechazarla, pero no había forma de que saliera de mi mente y se metiera en otra de las ocho o nueve cabezas que viajaban en el mismo vagón que yo. Ahí estaba, pues, aguantando la colonización de aquellas imágenes perturbadoras con la cara de palo de un jugador de póquer que acabara de pillar una escalera de color.
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