Con humor el pueblo de Pekín intenta desvanecer las malas noticias de la actual ola de COVID, con memes y chistes China atraviesa esta pandemia que afortunadamente no ha sido tan mortal como en el principio, gracias a las vacunas.
La cuenta atrás ha sido vertiginosa. Tras el grito de los manifestantes que reclamaban el punto final a la férrea estrategia antipandémica a finales de noviembre —las mayores protestas sociales en la era del presidente Xi Jinping, acalladas de inmediato con un contundente despliegue policial—, Pekín ha ejecutado un viraje sin contemplaciones y ha puesto el navío rumbo a tierra incógnita, pasando de la covid cero a una nueva dimensión espaciotemporal que recuerda bastante a la Europa de finales de 2021: vuelan los contagios y muchos, antes de quedar, se hacen una prueba de antígenos por si acaso.
Las cosas han cambiado casi de la noche a la mañana. El miércoles, el Consejo de Estado (el equivalente al Gobierno) daba por muerto el andamiaje de la política de covid cero al aprobar un decálogo de medidas que incluyen la posibilidad de recuperarse del virus en casa, siempre que sea leve, la reducción drástica de los testeos masivos de la población mediante PCR, la generalización de las pruebas de antígenos y la desaparición de la obligación de presentar PCR negativas y de escanear el código QR de salud en un buen número de espacios públicos, firmando la sentencia de muerte de esta fórmula de hipercontrol sanitario contra la que clamaban los manifestantes: “¡Que le follen a los QR!”.
La felicidad, si uno hace un sondeo sin demasiado criterio científico entre la población, resulta evidente. Pero el resultado no es el éxtasis ciudadano que cabría esperar después de casi tres años, sino un extraño anticlímax: en la capital se ven calles semivacías, restaurantes cerrados, colegios clausurados, comercios a medio gas o incluso desabastecidos y todo tipo de planes y eventos penden de un hilo o se cancelan porque alguien —y esta es la verdadera novedad— ha dado positivo o ha estado en contacto con uno.
Pánico por hacerse con medicamentos
Algunos medios han reportados momentos de “pánico” en Pekín por hacerse con medicamentos, escasez de fármacos para la fiebre y esperas para ser atendidos en hospitales. Los precios de algunas medicinas se han disparado y la Administración Estatal para la Regulación del Mercado de China, el organismo de vigilancia del mercado del país, que ya investiga alzas irregulares en los importes, emitió el viernes una advertencia con líneas rojas para asegurar la estabilidad, según The Global Times. En el ambiente flota una confusa mezcla de dicha por la reapertura y reclusión autoimpuesta, al menos hasta que pase el azote vírico de esta recién inaugurada convivencia con la covid-19.
“Es una gran noticia. Creo que el Gobierno ha tomado una buena decisión”, cuenta Huiqin Ma, de 52 años, profesora de la Universidad de Agricultura de China, en Pekín, y especialista en vinos. Dice que no esperaba un giro tan rápido. Pero a la vez lo ha visto de un modo natural. “La gente a duras penas aguantaba más y la situación económica no soportaba más tiempo las estrictas regulaciones”. Reconoce que habrá costes: “Será doloroso, morirán personas, una pequeña proporción, porque ha bajado la letalidad. Pero la mayor parte estará aliviada”. Y tras esta “gran ola de ómicron”, que pronto acabará, estarán haciendo las maletas para “el año de la postpandemia”, dice esta viajera consumada que echa de menos el contacto con el exterior.
Muchos creen que el cambio ha llegado tarde, pero lo celebran en cualquier caso y miran con optimismo el futuro. “Es bueno para la sociedad, para la gente y para la economía”, subraya al teléfono un inversor chino que prefiere guardar anonimato. Por extensión, añade, será “beneficioso para Europa y Estados Unidos”, pues implica el regreso de China en el mundo. Este hombre, que ha estado en los cuadros directivos de empresas tecnológicas de primera fila, calcula que en dos o tres semanas se alcanzará un pico de infecciones. Y a partir de ese momento las cosas irán mejorando. Reconoce que habrá fallecidos, pero se deberían poner los números en el contexto de un país de 1.400 millones de habitantes. Propone guardar las botellas unas semanas, hasta que pase la sacudida. Y ya luego celebrar como corresponde.
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