El mundo del maquillaje siempre fue primordial en la vida de Terri Bryant (Rochester, Nueva York, 49 años), desde pequeña acompañaba a su madre de compras. De pronto este gusto se convirtió en un objetivo y descubrió que también tenia la habilidad para reconocer cómo acentuar rasgos usando como herramientas pigmentos y brochas. “Mientras mis amigos dibujaban en papel, yo veía las caras como lienzos. Durante horas jugaba experimentando con diferentes técnicas”. Pronto se encontró trabajando para marcas como Dior o Stila. Todo marchaba según el plan hasta que, tras dos décadas dedicándose a ello de manera profesional, le empezó a fallar el pulso. Un contratiempo de lo más aparatoso para quien la precisión es requisito laboral. “Había estado viviendo con síntomas leves pero progresivos durante años antes de descubrir que tenía párkinson. Aunque desde luego no es un diagnóstico que nadie quiera oír, yo sentí tanto alivio como empoderamiento al recibir finalmente respuestas”.
En vez de atemorizarse por su condición, tuvo los reflejos para desarrollar aplicadores y fórmulas que pudiera seguir utilizando. También la perspicacia de intuir que no era a la única a la que le podrían servir. Así nacía la idea de su propia firma de maquillaje, Guide Beauty, que tardó dos años y medio en materializarse.
La experiencia de la emprendedora con la enfermedad
“Tener párkinson me dio una perspectiva única, como maquilladora y como alguien que sabe lo que se siente al tener que luchar. Cuando creas a través de una lente inclusiva, siguiendo los principios del diseño universal, consideras y tienes en cuenta el mayor número posible de necesidades y desafíos”. Ese paradigma del diseño, que se enfoca en crear productos fáciles de usar para cualquiera, sin necesidad de tener que adaptarlos, ha sido la guía de la estadounidense para desarrollar un prototipo tras otro, ensayándolos con más de 200 pruebas de usuario. ¿El resultado? Aplicadores ergonómicos y embalajes intuitivos que hacen que el momento del maquillaje sea disfrutable para quien desee recurrir a él, con independencia de sus capacidades.
Durante mucho tiempo, la noción normativa de belleza se basó en la exclusión. Así, hablar de lo contrario supone un giro radical para el sector. Pero es uno ineludible, según expone el informe del pasado julio de la consultora Wunderman Thompson Inclusion’s Next Wave, que apunta a que se espera mucho más de las marcas: “Hay un impulso de base de las comunidades históricamente marginadas alineado con un aumento en las expectativas de los consumidores”.
La responsable de diseño inclusivo en Microsoft, Christina Mallon, suele defender que, en lugar de hablar de “discapacitados”, todas las personas deberían entender que son “temporalmente capacitados”, porque es muy probable que sus capacidades mengüen a lo largo de su vida. Se deberían desarrollar arquetipos que sirvan para todos esos momentos. La industria empieza a hacer sus deberes en materia de usabilidad, defiende Bryant, “desde el gustoso clic de una paleta de Kjaer Weis, que no requiere visión para hacer saber que la sombra de ojos está bien cerrada, hasta el innovador secador y cepillo de aire caliente de Revlon, que permite peinarse con una sola mano, cada día estamos viendo más productos que consideran las necesidades de mucha gente que de otro modo no podría acceder o disfrutar de la belleza tan fácilmente”. Se habla de diversidad y se reconoce que existen personas con distintos recorridos. “Y, lo que es más importante, estamos valorando nuestras diferencias y aprovechándolas para crear productos y técnicas que nos permitan compartir el amor por el maquillaje. Cuando eso ocurre, nuestra comunidad crece y también lo hacen nuestras conexiones. Porque no diseñas para un nosotros o para un ellos, diseñas para todos”.
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