En la actualidad, el perfil televisivo está experimentando cambios significativos que marcan un claro contraste con la evolución previa de este medio de comunicación. Esta transformación se caracteriza por una involución en la programación, contenidos y formatos de los programas que se transmiten.
El contenido de la televisión ha sufrido un deterioro notable en los últimos tiempos. Antes, los programas se centraban en la educación, el entretenimiento de calidad y la transmisión de información relevante. Sin embargo, en la actualidad nos encontramos con una saturación de programas basura y de poca calidad, que se enfocan más en la manipulación emocional y el sensacionalismo, en lugar de transmitir información objetiva y de interés general.
Este cambio hacia una programación más superficial y despersonalizada también se refleja en los formatos de los programas televisivos. Antes, los canales se preocupaban por ofrecer programas variados y diversificados, que se adaptaran a diferentes audiencias y gustos. Sin embargo, en la actualidad la mayoría de los programas tienen una estructura y contenido similares, lo que genera una homogeneización que limita la posibilidad de elección del espectador y reduce la calidad de la oferta televisiva.
Esta involución del perfil televisivo se debe, en gran medida, a los intereses económicos de los canales de televisión. La búsqueda constante de altos niveles de audiencia y la consecuente publicidad generan una presión para desarrollar programas que atraigan a masas, aunque esto implique sacrificar la calidad y diversidad del contenido.
En este sentido, es importante resaltar la responsabilidad que recae sobre el espectador. Si bien es cierto que los canales y productoras tienen en sus manos la decisión de qué programas emitir, son los televidentes quienes tienen el poder de justificar o rechazar estas propuestas mediante su elección consciente de qué ver y qué no ver.
En conclusión, el perfil televisivo ha experimentado una clara involución en los últimos tiempos. La programación de baja calidad, la homogeneización de los formatos y la falta de diversidad en los contenidos son síntomas de esta situación. Es fundamental que los televidentes sean conscientes de este deterioro y ejerzan su poder de elección para exigir una programación de mayor calidad y de mayor relevancia, que cumpla con su función educativa y de entretenimiento responsable.
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