En Guayaquil, Ecuador, las pandillas han ido cobrando un precio muy alto para los pueblos de pescadores. Lo que antes eran comunidades unidas y prósperas, hoy son cementerios, llenos de desesperanza y dolor.
La violencia en estas zonas se ha convertido en una norma y los jóvenes que deberían estar pescando y trabajando para sustentarse, ahora se ven obligados a unirse a las pandillas para asegurar su supervivencia. Los habitantes de estos pueblos sentencian que la policía no impone orden y que no cuentan con ninguna ayuda gubernamental. El gran temor que tienen es que esto no pare y temas como la educación y la salud de la comunidad se vean perjudicados de manera irreversible.
Es importante destacar que en este tipo de situaciones, la educación es una de las mayores herramientas para combatir la violencia y permitir un futuro próspero para las personas. A través de programas educativos adecuados, los jóvenes pueden desarrollar habilidades para salir de la pobreza en lugar de tener que recurrir a la venta de drogas y conductas delictivas.
Es necesario que la sociedad tome conciencia de esta situación y exija a las autoridades una solución real para estos problemas. La pérdida de vidas y de comunidades es una tragedia que se puede prevenir. Solo hace falta un compromiso fuerte y decidido para conseguirlo.
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