Washington amaneció con un nuevo golpe al comercio global. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, anunció el inicio de lo que llamó su “revolución económica”, un viraje total a las normas que han regido el comercio internacional desde la Segunda Guerra Mundial. A la medianoche del sábado entró en vigor un arancel del 10 por ciento sobre la mayoría de los productos importados desde el extranjero. Un mensaje claro: la era del libre comercio ha terminado, al menos para Trump.
Desde su plataforma Truth Social, el mandatario republicano no escatimó en grandilocuencia. Aseguró que su política llevará a un “resultado histórico” para los estadounidenses, y que la guerra arancelaria—porque eso es lo que ha desatado—traerá de regreso empleos y empresas como nunca antes. “Esto es una revolución económica, y ganaremos”, escribió, instando a la población a resistir lo que, admitió, no será fácil.
Mientras tanto, las cámaras lo captaron en un contraste casi irónico: leyendo un artículo del New York Post sobre las represalias económicas de China y la caída de la bolsa, mientras llegaba a su club de golf en Florida. Un símbolo de su estilo de liderazgo, donde la agresividad discursiva y la autopromoción van de la mano, incluso en medio de turbulencias financieras globales.
Del otro lado del Atlántico, Elon Musk, convertido ahora en un influyente aliado del presidente, intentaba calmar las aguas. En Roma, durante una reunión con el viceprimer ministro italiano Matteo Salvini, expresó su esperanza de que se logre establecer una zona de libre comercio entre Europa y América del Norte. Una visión de apertura comercial que contrasta con el enfoque proteccionista del presidente al que respalda. Casi al mismo tiempo, los mandatarios de Francia y Reino Unido—Emmanuel Macron y Keir Starmer—coincidieron en que una guerra comercial es perjudicial para todos, dejando ver que, mientras Trump levanta barreras, otros intentan mantener puentes.
El nuevo arancel del 10 por ciento, que ahora deben pagar los importadores estadounidenses en puertos, aeropuertos y almacenes aduaneros, marca un giro radical. Ya no se trata de negociar condiciones preferenciales o imponer sanciones puntuales; se trata de una ofensiva global. La abogada comercial Kelly Ann Shaw, quien trabajó en la Casa Blanca durante el primer mandato de Trump, lo definió como “el mayor movimiento comercial de nuestra vida”. Y tiene razón: es un terremoto en el sistema multilateral que rigió el comercio durante décadas.
Los países afectados por esta primera ola incluyen aliados y socios históricos como Australia, Reino Unido, Brasil, Colombia, Argentina y Arabia Saudita. Todos ellos, paradójicamente, con déficits comerciales frente a Estados Unidos. Es decir, ni siquiera el superávit o déficit ha sido criterio de exclusión. La lógica es más ideológica que económica.
Un documento oficial del gobierno estadounidense especifica que la medida impacta a unos 80 países y territorios, incluyendo a los 27 integrantes de la Unión Europea. Solo Canadá y México están temporalmente exentos, aunque ambos siguen sujetos a un arancel del 25 por ciento sobre bienes que no cumplan con las reglas de origen del T-MEC.
A modo de transición, las autoridades estadounidenses han establecido un periodo de gracia de 51 días: los productos ya embarcados antes del 6 de abril podrán entrar sin pagar el nuevo arancel, siempre que lleguen antes del 27 de mayo. Una pequeña ventana para evitar el mazazo comercial.
Pero esto apenas es el comienzo. A partir del 9 de abril, el conflicto comercial escalará aún más. Nuevas tarifas, esta vez de entre 11 y más del 50 por ciento, se impondrán sobre importaciones clave. China enfrentará una tarifa total del 54 por ciento. Vietnam, que hasta ahora había capitalizado el distanciamiento entre Washington y Pekín, será golpeado con un 46 por ciento. Japón enfrentará un 24 por ciento. Y la Unión Europea, un 20 por ciento.
Algunos gobiernos han optado por el diálogo para evitar las consecuencias. Vietnam, por ejemplo, aceptó abrir conversaciones tras el anuncio del arancel del 46 por ciento. El jefe del Consejo de Seguridad Nacional de Taiwán también se encuentra en Washington, donde se espera que los aranceles estén en el centro de la agenda. Otros países, en cambio, analizan posibles contramedidas. La amenaza de una guerra comercial a gran escala ya no es una posibilidad: es una realidad.
Trump, con este movimiento, dinamita los pilares del sistema económico global con el que Estados Unidos se enriqueció durante décadas. Lo hace en nombre del trabajador estadounidense, del industrial olvidado y de la recuperación de una grandeza nacional que, según su discurso, fue saqueada por las élites globalistas. Pero el costo de esa promesa puede ser altísimo. Las bolsas tiemblan, los socios se distancian, y el comercio internacional se fragmenta.
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