Golpe a golpe, Aleksandr Lukashenko está minando la ya dañada libertad de prensa de Bielorrusia. Y la mano del líder autoritario, que lleva casi 27 años en el poder, ha demostrado ser muy larga. Con la inaudita maniobra para detener al periodista y activista Roman Protasevich, el mandatario ha dado un paso extremo y envía el mensaje aterrador a los partidarios de la oposición y a los medios independientes de que en ningún sitio se está a salvo. Ni siquiera en el exilio, donde Protasevich, perseguido por el régimen, vivía desde 2019.
En medio de una marea de duras críticas internacionales después de que las autoridades bielorrusas forzaran el domingo —alegando una amenaza de bomba— el aterrizaje de un avión civil que sobrevolaba sus cielos para arrestar después al periodista disidente, que iba a bordo, Lukashenko no solo no ha bajado el tono, sino que ha aprobado un nuevo paquete de leyes que restringen aún más el derecho a la información en Bielorrusia y reprimen la disidencia.
Las nuevas medidas consagran la prohibición no solo de participar en las manifestaciones no autorizadas, sino también de cubrirlas; lo que impediría por completo el trabajo de los informadores en un país que no autoriza las protestas. Al veto de publicar sondeos electorales, el nuevo paquete legal añade también el de publicar encuestas de opinión relacionadas con la situación política si no tienen la autorización previa de la Administración. Se prohíbe incluso la publicación de enlaces a información que se etiqueta de “prohibida”.
Silenciar la información se ha convertido en objetivo primordial para el régimen bielorruso. Por eso es tan simbólica la detención de Protasevich, opina la bielorrusa Maryia Rohava, investigadora de estudios de Europa del Este en la Universidad de Oslo. “Este arresto sin precedentes es un paso más de las políticas represivas del régimen contra los medios de comunicación independientes, que se están endureciendo desde hace semanas aprovechando el silencio y la inacción de la comunidad internacional”, dice Rohava. En las últimas semanas, las autoridades bielorrusas, además, han estrechado el cerco contra otros medios, como Tut.by, un popular diario digital independiente ya acostumbrado a la persecución por parte de las autoridades, pero que esta vez ha sido bloqueado y se enfrenta a graves acusaciones de fraude.
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