En un evento emblemático dentro del calendario litúrgico cristiano, la Basílica de San Pedro se convierte en el escenario central durante el Viernes Santo, cuando se conmemora la Pasión de Jesús. Este año, el Cardenal Claudio Gugerotti, un destacado miembro de la Curia Romana, tuvo el honor de presidir la solemne liturgia, una celebración caracterizada por su profundo simbolismo y su rica tradición.
La liturgia del Viernes Santo es un momento de reflexión, donde los fieles se reúnen para recordar el sacrificio de Cristo en la cruz. La celebración incluye la lectura de la Pasión, que narra los últimos momentos de Jesús, así como la veneración de la cruz, un acto que invita a los presentes a meditar sobre el significado del sufrimiento y la redención. Esta ceremonia se destaca por su atmósfera de recogimiento y solemnidad, y en ella participan no solo los miembros de la comunidad católica, sino también visitantes de todo el mundo que acuden a uno de los lugares más sagrados del cristianismo.
Durante la celebración, el Card. Gugerotti subrayó la importancia del sacrificio y la entrega total de Cristo, invitando a los asistentes a encontrar un significado personal en esta historia de amor y redención. La homilía fue un llamado a la unidad y a la esperanza en tiempos difíciles, recordando que la resiliencia y la fe son fundamentales en la vida diaria de los creyentes.
El uso del latín y los rituales tradicionales otorgan a esta liturgia un carácter atemporal, conectando a los fieles con siglos de historia y devoción. Este año, los que asistieron pudieron apreciar la belleza y la solemnidad del rito, que incluye un momento especial de silencio absoluto, donde todos reflexionan sobre el sacrificio de Cristo.
La celebración concluyó con la invitación a continuar el camino hacia la Pascua, recordando que la historia no termina en la cruz, sino que se orienta hacia la resurrección, un momento esperado con gran expectativa por la comunidad cristiana en todo el mundo. La liturgia del Viernes Santo no solo es un acto de culto, sino también una invitación a vivir la fe con intensidad, encontrando en cada día la oportunidad de amar y servir al prójimo.
Con la Basílica de San Pedro como telón de fondo, esta celebración anual no solo reafirma la rica herencia de la Iglesia Católica, sino que también la proyecta hacia el futuro, recordando a los asistentes que, aunque la cruz simboliza el sufrimiento, también es un preámbulo a la esperanza y la vida nueva que se celebra el Domingo de Pascua.
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