En el corazón del Vaticano, donde el arte de la liturgia y el peso de la historia se entrelazan, florece una tradición vinícola que trasciende el consumo cotidiano. El vino que se sirve en la Santa Sede no solo es un acompañante de rituales sagrados, sino también un símbolo de espiritualidad y diplomacia, que ha forjado la herencia cultural de la Iglesia durante siglos.
Desde 2001, la bodega Heras Cordón, situada en Fuenmayor, La Rioja, España, tiene el honor de ser el proveedor oficial del Vaticano. Esta distinción se instituyó durante el papado de Juan Pablo II y se ha mantenido con sus sucesores, Benedicto XVI y Francisco. Con una producción anual de cerca de 2,000 botellas, el vino de Heras Cordón se caracteriza por su exclusividad, ya que no está a la venta al público y cada botella es enviada directamente a la Santa Sede. Las variedades de uva utilizadas —Tempranillo, Graciano y Mazuelo— son tradicionales de la Denominación de Origen Calificada (D.O.Ca.) Rioja. Además, cada etiqueta es distintiva, llevando el escudo del Vaticano, el nombre del Papa en funciones y la frase “Misericordias Domini in aeternum cantabo”, que resuena como un canto de fe.
Este vino sirve en recepciones diplomáticas, celebraciones oficiales y momentos especiales, reflejando no solo una alta calidad vinícola, sino también la profunda relación entre el catolicismo y el vino a lo largo de la historia.
Por otro lado, el Châteauneuf-du-Pape, originario del sureste de Francia, trae consigo un legado que se remonta al papado en Aviñón en el siglo XIV, cuando los pontífices establecieron su residencia allí. La región ha cultivado una identidad vinícola propia, desarrollándose bajo el auspicio de la Iglesia. Con más de 12 millones de botellas producidas anualmente, este vino presenta una variedad de hasta 13 uvas permitidas, incluyendo Grenache y Syrah. Su perfil sensorial destaca por vinos robustos, con matices de frutos rojos y especias, simbolizando una fuerte conexión entre la Iglesia y la cultura vinícola francesa.
En años recientes, el Vaticano ha revitalizado su propia producción de vino en la residencia de Castel Gandolfo, en las afueras de Roma. Aquí, se cultivan uvas Cabernet Sauvignon, bajo la dirección del renombrado enólogo Riccardo Cotarella, para crear un vino exclusivo para celebrar eventos internos del Papa y su equipo. Este esfuerzo forma parte de una política de sostenibilidad y autosuficiencia promovida por el actual pontífice.
Asimismo, el vino utilizado en la Eucaristía debe cumplir con normas estrictas que se establecieron desde el Concilio de Florencia en 1438. Estas normativas dictan que el vino debe ser elaborado solo con uvas maduras, sin aditivos ni azúcares añadidos, y con un contenido alcohólico máximo del 18%. Estas exigencias aseguran que el vino sea “puro de uva”, alineándose con la doctrina católica, y lo elevan a la categoría de bebida sagrada.
En conclusión, el vino en el Vaticano no es solo un elemento de protocolo, sino un ente que narra una historia de fe, cultura y diplomacia. Desde el riojano Heras Cordón hasta el emblemático Châteauneuf-du-Pape y el vino cultivado en Castel Gandolfo, cada botella refleja un legado de espiritualidad que sigue vivo en la tradición de la Iglesia.
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