Cuando se celebre el 250 aniversario de la publicación de “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, se verá un contraste notable con las políticas mercantilistas del presidente estadounidense Donald Trump. La obsesión de Trump con las balanzas comerciales bilaterales y la implementación de aranceles han revivido, de manera preocupante, prácticas mercantilistas que se consideraban superadas.
Los economistas críticos de Trump destacan que las supuestas prácticas desleales de otros países no son, de hecho, la principal causa del déficit comercial estadounidense. En lugar de centrarse exclusivamente en los desequilibrios comerciales bilaterales, es esencial reconocer que el déficit ha permitido que consumidores e inversionistas en EE. UU. accedan a préstamos de bajo costo, un privilegio que sería envidiado por muchas otras naciones.
Históricamente, el mercantilismo nunca ha desaparecido del todo y, si bien los partidarios del liberalismo económico, inspirados por Smith, han promovido el laissez-faire y el libre comercio, muchos países en desarrollo han optado por estrategias mixtas en sus caminos hacia el crecimiento. Figuras como Alexander Hamilton en EE. UU. y Friedrich List en Alemania argumentaron a favor de la protección de industrias incipientes, desafiando las enseñanzas de Smith. De manera similar, economistas de la “escuela de la dependencia”, como Raúl Prebisch, defendieron la protección de las industrias en desarrollo, lo que llevó a un crecimiento notable en países como Brasil, México y Turquía.
Mientras tanto, los gobiernos de Asia Oriental adoptaron una combinación de enfoques mercantilistas y smithianos, alentando las exportaciones y la iniciativa privada, aunque a menudo detrás de barreras proteccionistas. El resultado de estas estrategias fue lo que muchos consideran un milagro económico.
La distinción crucial entre los enfoques de Smith y los del mercantilismo radica en la prioridad asignada al consumo frente a la producción. Smith defendió el consumo como el objetivo final de la actividad económica, mientras que los mercantilistas priorizan la producción y el empleo. De este modo, se considera un superávit comercial como favorable, mientras que los economistas contemporáneos tienden a ver el comercio desde una óptica de beneficios para los consumidores.
No obstante, también es necesario reconocer que las posturas smithianas tienden a subestimar el valor del empleo, que no solo representa una fuente de ingresos, sino también un elemento vital de significado y estima para los individuos. La falta de atención a este aspecto puede dar lugar a una desconexión con las realidades sociales provocadas por cambios en la economía global.
Además, la relación entre los gobiernos y las empresas presenta otra divergencia significativa. Mientras que Smith advertía sobre el riesgo de corrupción en los vínculos cercanos entre ambos, muchos enfoques contemporáneos han tomado esta advertencia muy en serio. Sin embargo, la colaboración entre gobiernos y empresas ha demostrado ser efectiva en sectores como la innovación y el desarrollo regional.
Ambas perspectivas, tanto la mercantilista como la smithiana, poseen sus limitaciones. La primera tiende a vincular los intereses de productores con el interés nacional, mientras que la segunda minimiza la importancia de la producción y el empleo. Un enfoque equilibrado podría ser fundamental para el diseño de políticas económicas efectivas.
Es importante subrayar que las políticas comerciales del actual presidente no solo son caóticas, sino que están marcadas por el favoritismo y la incapacidad de fomentar una inversión estratégica genuina en el país, lo que cancela cualquier posible beneficio de su enfoque mercantilista.
La información aquí presentada corresponde a la fecha de publicación original del texto, el 4 de junio de 2025.
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