Por Elena Poniatowska
Tuve el gran gusto de tratar a Marisa Lara y a Arturo Guerrero, artistas visuales de una complicidad conmovedora, en las correrías nocturnas que tanto celebraba nuestro querido Carlos Monsiváis. En una de esas escapadas, incluso tuve el galardón inmerecido de bailar el vals con un Monsi travestido de quinceañera, al pie de una escalera de mármol como en las películas de Alejandro Galindo.
Hoy, ese mismo espíritu de fiesta, crítica y ternura se respira en el Museo del Estanquillo, donde se exhibe Bipolaridad visual, una exposición que reúne 300 piezas de estos hermanos del arte —dibujos, pinturas, esculturas, grabados, fotografías—, resultado de cuatro décadas de entendimiento siameso.
El cruce entre lo popular y lo sublime
—¿Desde cuándo Monsiváis se volvió el epicentro de su obra?
(Estos siameses que parpadean al mismo tiempo, ríen al unísono y dibujan a cuatro manos sin saber de dónde empieza uno y termina el otro, responden casi en coro.)
—Hace 40 años, cuando Iván Restrepo y Margo Su nos lo presentaron —recuerda Arturo Guerrero—. Ya lo leíamos desde chavitos, lo seguíamos en Proceso. Estábamos en el mismo canal: cómo se entrelazan la alta cultura y la cultura popular en la vida cotidiana. Así coincidimos emocionalmente.
Los unía la fascinación por los íconos populares: luchadores, salones de baile, ídolos del pueblo. Su concepto central era el “Pagano Adoratorio Colectivo”, un homenaje a esos espacios de fiesta compartida y de identidad comunitaria. Con Monsiváis encontraron el mismo anhelo: ver a Shakespeare bailando bolero, o al Rigoletto de Verdi conversando con el Rigolettito de Acerina, el danzonero cubano.
—Monsi entendía que la cultura contemporánea es ese entretejido de lo académico con lo popular, de lo sórdido con lo sublime —dice Marisa—. Ese era nuestro punto de encuentro: una lectura política, poética y crítica del México real.
La siamesitud como acto creativo
Su primer catálogo fue escrito por Guillermo Bonfil Batalla, y Raquel Tibol los envió a la Bienal de São Paulo. Monsiváis, con su genio irónico, acuñó un término inolvidable: “siamesitud”.
—Nos escribió: “Queridos Arturo y Marisa, su siamesitud me asombra y me conmueve. Ganas me dan de bailar abrazado con ustedes un danzón sobre una corcholata”.
Desde entonces, esa siamesitud se volvió su sello: trabajan literalmente la misma obra a cuatro manos, con una sincronía tan perfecta que desconcierta incluso a psiquiatras y brujos. Comparten un traje rojo con forma de corazón.
—La inteligencia del corazón es tan importante como la razón —explican—. Lo decía Schiller, gran amigo de Goethe, en Las cartas sobre la educación estética. Leemos también a Dante, a Borges… y por supuesto, a Monsi.
Entre luchadores, danzones y arenas familiares
Su relación con Monsiváis se nutrió también en las calles, en las noches, en arenas que de día eran talleres mecánicos y de noche, templos de lucha libre. En una de esas, llevaron a Monsi —junto a Alejandro Brito— a uno de esos recintos familiares, donde el mecánico era también luchador, la abuela vendía boletos, la esposa las máscaras y los hijos eran acomodadores.
—Era ver ángeles caer del cielo. Monsi lo gozaba. Entendía que ahí estaba el arte, el drama, el pueblo, el México profundo —dicen.
Entre danzones, máscaras, cultura popular y alta poesía, el arte de Marisa y Arturo encuentra su centro. Y con ellos, Monsiváis sigue bailando, en la memoria y en cada obra que hacen. Porque el arte —como la amistad, como el corazón— solo tiene sentido si se comparte.
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