En el contexto actual de la política económica en México, ha surgido una narrativa centrada en el “humanismo mexicano”, promovido por el presidente López Obrador como respuesta a su crítica hacia el neoliberalismo. Este concepto ha sido adoptado por la presidenta Sheinbaum, quien sugiere que las políticas neoliberales han fracasado en el combate a la pobreza y la desigualdad. El “humanismo económico”, según ella, se fundamenta en tres pilares: la mejora del salario mínimo, la expansión de programas sociales y el ambicioso Plan México.
Si bien la mejora en el salario mínimo y la multiplicación de programas sociales parecen ser pasos positivos, se observa que, detrás de estas iniciativas, existe un notable incremento en el gasto público sin un correspondiente aumento en los ingresos. El Plan México, que se presenta como un guiño hacia el impulso de la inversión, carece de estrategias claras y métricas de éxito, convirtiéndose en lo que muchos consideran una mera lista de intenciones.
El sector privado, al principio, abrazó el Plan México, mostrando disposición para colaborar con la administración. Sin embargo, a través de reuniones que se repiten en Palacio Nacional, donde los empresarios expresan su apoyo y anuncian intenciones de grandes inversiones, el escepticismo es palpable. Recientemente, Grupo Bimbo comunicó que invertirá 2,000 millones de dólares en los próximos tres años, pero sin ofrecer detalles concretos. Es común que el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) también hable de proyectos de infraestructura que prometen generar empleo. Pero, ¿son estos compromisos más que simples declaraciones vacías?
Los datos más recientes revelan que la inversión privada ha estado en una trayectoria descendente desde septiembre de 2024, registrando tasas anuales negativas, un hecho preocupante en un lapso de ocho meses. Las encuestas mensuales de expectativas, realizadas por el Banco de México, reflejan un panorama sombrío: el 73% de los empresarios siente que no es un buen momento para invertir, con un 94% de respuestas pesimistas en general. Este significativo descontento se traduce en una falta de confianza en la administración actual, planteando interrogantes sobre la sinceridad de las declaraciones hechas en público.
La disonancia entre lo que se dice ante las autoridades y lo que se siente en privado puede ser desconcertante. ¿Es posible que exista un temor de confrontar a la administración sobre el estado real de la economía? Esta situación sugiere que, mientras persista esta especie de “farsa consentida” entre la 4T y el sector empresarial, lograr una recuperación genuina de la inversión y el crecimiento económico seguirá siendo un desafío.
La realidad es que el futuro de la economía mexicana es incierto, y el éxito de estas iniciativas depende de la creación de un entorno de confianza y estabilidad. Sin medidas concretas y un enfoque más sólido y transparente, las promesas del Plan México y el humanismo económico podrían caer en un vacío de expectativas y frustraciones generalizadas.
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