En el fascinante ámbito de la nostalgia cinematográfica, el filme “En tiempos de don Porfirio” de Juan Bustillo Oro se erige como un hito que marca el inicio de lo que se conoce como “la añoranza porfiriana”. Esta obra no solo despierta recuerdos de una era dorada de elegancia y poder, sino que también resuena con el presente, evocando un anhelo por tiempos pasados en los que la figura de Porfirio Díaz se erigía como una especie de ícono inalcanzable.
La conexión entre el cine y la construcción de un pasado idealizado es una temática explorada por pensadores como Jorge Ayala Blanco. Al igual que el western en Estados Unidos ofrecía un ideal mítico, la producción cinematográfica mexicana contribuyó a la contrucción de un legado en torno a la dictadura de Díaz, reavivando los ecos de un periodo que aún cautiva la imaginación colectiva.
Central en este fenómeno se encuentra Joaquín Pardavé, un actor que se convirtió en el emblema de esta añoranza. Su película “¡Ay, qué tiempos, señor don Simón!” no solo fue un prodigio en la taquilla de su época, sino que también dejó una huella indeleble en la historia del cine mexicano, recaudando 17 mil pesos en su estreno, un récord que superaba a cualquier otra cinta hasta ese momento.
Pardavé, hijo de actores de zarzuela y multifacético en su oficio, también destacó como compositor al crear canciones que perduran en el repertorio mexicano, como “Negra consentida”. Su carrera, desde sus inicios en grupos de zarzuela, hasta su impacto en la pantalla grande con personajes entrañables, revela un talento que ha sabido adaptarse y trascender en un país donde la comedia tiene un lugar prominente.
La durabilidad de Pardavé en el corazón del público puede atribuirse a tres líneas argumentativas en su actuación: la nostalgia porfiriana, la comedia familiar y la representación de los migrantes, temas de relevancia continua en la sociedad contemporánea. Su versatilidad lo llevó a incursionar en diversas plataformas como el cine, teatro, radio y televisión, abordando la actualidad a través del humor, en contraposición a otros comediantes que optaron por un solo personaje.
El cine, como medio perpetuador de la memoria y la historia, se convierte en el escenario donde se destaca la dualidad de lo real y lo ideal, donde se confronta la decadencia de una civilización con el anhelo de un futuro mejor. En esta intersección, la figura de Pardavé sigue viva, resonando con nuevas generaciones que encuentran en su arte un reflejo ineludible de la cultura mexicana.
En conmemoración de su legado y a 70 años de su fallecimiento, Pardavé se presenta no solo como un referente de la comedia, sino como un actor que, a través del tiempo, ha congregado audiencias y ha tejido un espacio en la memoria colectiva del país. Su influencia se mantiene vigente, recordándonos la capacidad del cine de capturar y reflejar el alma de una nación.
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