En el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los imperios competían ferozmente por la supremacía en mares y comercio, una colaboración insólita entre la Marina española y los jesuitas misioneros llevó a cabo un hito notable en la ciencia: el primer sistema efectivo para la predicción de ciclones tropicales. Este planteamiento innovador surgió en las colonias españolas del Caribe y el Pacífico, especialmente en Cuba y Filipinas, donde los observatorios de La Habana y Manila, bajo la dirección de los jesuitas Benito Viñes y Federico Faura, pavimentaron el camino hacia una meteorología moderna centrada en la prevención de desastres naturales.
Un estudio del físico Aitor Anduaga Egaña profundiza en cómo esta proeza fue posible gracias a la fusión de dos tradiciones: la cultura de registro marítimo de la Armada española y la meticulosa observación científica de los jesuitas. Juntas, estas dos corrientes transformaron la forma de observar, interpretar y predecir huracanes.
Desde el siglo XVI, el Imperio español había cultivado una robusta cultura de archivo y observación marítima, utilizando cuadernos de bitácora que, desde 1575, fueron obligatorios por decreto de Felipe II. Estos documentos no solo registraban información sobre vientos y fenómenos climáticos, sino que se convirtieron en pilares fundamentales de la meteorología empírica. Durante el siglo XIX, los marinos españoles continuaron enriqueciendo este acervo, modernizando sus métodos de registro con herramientas como barómetros y termómetros y estableciendo una red informal de “observatorios flotantes” a bordo de sus buques.
Paralelamente, los jesuitas desarrollaron una ciencia empírica que integraba la observación sistemática y la teología natural. Desde sus estaciones meteorológicas, como las de Belén en La Habana y Manila, se aplicó una epistemología que correlacionaba fenómenos naturales, fundamentada en su convicción de un universo armonioso creado por Dios. Dentro de este enfoque, los jesuitas promovieron el uso de instrumentos mecánicos y gráficos, adoptando una perspectiva dinámica sobre el tiempo atmosférico.
En este contexto, Benito Viñes emergió como una figura clave. En 1875, emitió el primer aviso público de huracán basado en observaciones de nubes cirrosas, y su innovador método incluía la utilización de barcos como nodos de una red de observación meteorológica en alta mar. Para Viñes, ciertos tipos de nubes podían ser indicios de ciclones, permitiendo a los capitanes inferir la dirección de un huracán incluso a cientos de kilómetros de distancia.
La propuesta de Viñes era revolucionaria. En su obra “Investigaciones relativas a la circulación y traslación ciclónica en los huracanes de las Antillas” (1895), formuló leyes sobre la rotación ciclónica y propuso trayectorias parabólicas para los ciclones en el Atlántico. Estas reglas, fundamentadas en datos empíricos y el análisis de patrones cíclicos, ofrecían herramientas prácticas para prever ciclos destructivos.
No menos significativa fue la vocación pública de la ciencia jesuita, que buscaba proteger vidas y bienes en las colonias. Los jesuitas, conscientes del riesgo constante que representaban los desastres naturales, tenían como prioridad la disseminación del conocimiento meteorológico entre navegantes, agricultores y autoridades locales. De esta forma, su labor no solo enriqueció el ámbito científico, sino que también sirvió a la comunidad, uniendo la ciencia al servicio del bienestar social.
Esta confluencia de tradición naval y ciencia observacional no solo dejó un legado en la predicción de ciclones, sino que también marcó el inicio de un enfoque más aplicado y pragmático en la meteorología, dando origen a métodos que aún reverberan en la actualidad.
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