No faltaron señales de advertencia de que el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, intentaría establecer un régimen de poder indefinido, según sus críticos. Desde su llegada al poder en 2019, Bukele ha tomado acciones alarmantes: en su primer año, irrumpió en la Asamblea Legislativa con soldados armados, y al siguiente, sus aliados destituyeron a jueces del Tribunal Supremo y al fiscal general, sustituyéndolos por fieles a su administración.
El momento decisivo llegó cuando una legisladora del partido de Bukele, Nuevas Ideas, presentó una propuesta para modificar la Constitución y permitir la reelección presidencial indefinida. En poco tiempo, los aliados del presidente alinearon sus firmas para facilitar la rápida aprobación de esta reforma, que se convirtió en ley tres horas después de ser presentada, con 57 votos a favor y solo tres en contra.
El presidente de la Asamblea, Ernesto Castro, describió el cambio como una victoria para la democracia, afirmando que era el pueblo quien decidiría la duración de los mandatos. Sin embargo, la oposición se mostró desolada: Marcela Villatoro, una de las legisladoras que votó en contra, declaró que “la democracia ha muerto hoy en El Salvador”.
Este cambio constitucional no solo autoriza la reelección indefinida, sino que también amplía el mandato presidencial a seis años, elimina las segundas vueltas y adelanta las elecciones presidenciales a 2027, dejando a la oposición con poco tiempo para reagruparse.
La popularidad de Bukele en El Salvador se sostiene en su mano dura contra las pandillas, que antes dominaban el panorama criminal del país, pero también se ha visto marcada por acusaciones de abusos a los derechos humanos y corrupción. Activistas y periodistas han huido de El Salvador ante la represión, y la situación ha suscitado preocupaciones entre distintas organizaciones de derechos.
La reacción internacional fue escasa, especialmente en Estados Unidos, donde Bukele ha cultivado una relación cercana con figuras del partido republicano, especialmente con el expresidente Trump, quien llegó a llamarlo “un gran presidente”.
A pesar de la enmienda constitucional, muchos salvadoreños han mostrado una respuesta apática, enfocándose en preparar sus vacaciones, mientras los críticos más acérrimos de Bukele han abandonado el país. Bertha María Deleón, una abogada que apoyó a Bukele en sus inicios, observó que su proyecto inicial de un cambio positivo ha derivado en una clara búsqueda de consolidar un control absoluto sobre el poder.
El ascenso de Bukele al poder, inicialmente visto como un aire fresco tras la corrupción de los gobiernos anteriores, se ha transformado en un contexto de creciente autoritarismo, lo que genera inquietudes sobre el futuro democrático de El Salvador.
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