Después de ocho décadas sin una exposición individual, la emblemática obra de Pilar Calvo vuelve a brillar en el Museo Nacional de San Carlos. La muestra titulada Travesías de trazo y color, ofrece al visitante la oportunidad de explorar más de 40 piezas que abarcan diversas técnicas, desde óleo hasta acuarela y fresco. La artista, a través de autorretratos, paisajes y bodegones, pone de manifiesto su versatilidad y reafirma la relevancia del papel de las mujeres en la historia del arte.
El director del museo, Jorge Reynoso Pohlenz, destacó que la obra de Calvo trasciende la visión predominante en las primeras décadas del siglo XX, caracterizada por un arte figurativo con fuerte enfoque social y nacionalista. “Es crucial ofrecer una nueva perspectiva inclusiva que enriquezca nuestra comprensión de un pasado artístico tan complejo”, mencionó.
La exhibición permite un recorrido que se inicia con Autorretrato con vestido azul (1930), donde Calvo, a solo 17 años, se representa con dos trenzas y un vestido azul claro. Raquel Fundía Comisarenco, curadora de la muestra, explicó que el autorretrato ha sido un género poderoso para las mujeres, ya que les facilita convertirse en sujetos activos en lugar de objetos en la narrativa artística tradicional.
Nacida en 1913 en la Ciudad de México, Pilar Calvo fue influenciada por su madre para iniciar su formación artística desde joven, la cual abarcó desde la pintura sobre porcelana hasta el dibujo. Se suma a su trayectoria un viaje por Europa y una destacada carrera en la que logró exhibir su trabajo tanto en Nueva York como en el Palacio de Bellas Artes en México, especialmente en las décadas de 1930 y 1940, según la curadora.
Entre las obras más emotivas de la exhibición se encuentra Niño (1935), que retrata a un infante en un entorno rural. A su lado, se presenta una fotografía de Calvo mientras trabaja en la pieza, mostrando la intimidad del proceso creativo.
La exposición también destaca un pequeño ladrillo con un fresco de un ángel, así como imágenes del mural El primer mexicano (1943). Otras piezas notables incluyen Paisaje con burro (1927) y Ex convento de Actopan (1927), que reflejan la conexión de Calvo con la tradición artística de José María Velasco y su propia formación en la Academia para Señoritas.
En la etapa final de la exhibición, se aprecian obras como Jarrón de cempasúchil (1932) y Bodegón de rosas, que exhiben la vibrante paleta de la artista y su excepcional técnica. Aunque fue reconocida en su tiempo, su legado se desvaneció tras su muerte, lo que llevó al museo a resaltar su figura a través de esfuerzos previos de exhibición, como en Las discípulas de Gedovius y Pintar en femenino.
La actual exhibición, que permanecerá abierta hasta el 9 de noviembre en el Museo Nacional de San Carlos, invita al público a reflexionar sobre cómo la historia del arte ha obscuresido a talentosas creadoras como Calvo. La curadora, Fundía Comisarenco, hace un llamado a coleccionistas privados que posean obras de la artista, para que contribuyan a la recuperación y visibilidad de su legado. En este contexto, surge la pregunta: ¿por qué, a pesar de su éxito en vida, el trabajo de Simone Calvo ha sido tan olvidado?
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