Una fuerza social que no debe ser ignorada es la de los ciudadanos resentidos contra su gobierno. En todas las sociedades existen numerosas personas que se sienten inconformes con sus gobernantes, y Morelos es un ejemplo de ello. Este resentimiento no surge de la nada: es producto de promesas incumplidas, corrupción, falta de oportunidades, desigualdad y de la percepción de que los políticos viven desconectados de la realidad de la gente. Lejos de ser un grupo pequeño, los resentidos representan una parte importante de la población y, en muchos casos, pueden definir el rumbo político de un país.
El resentimiento hacia los gobiernos nace cuando las personas sienten que han sido traicionadas. Imagina a un obrero que trabaja toda su vida esperando una pensión digna, pero al jubilarse descubre que apenas le alcanza para sobrevivir. O a una madre soltera que escucha discursos sobre igualdad, pero no consigue guarderías ni apoyos reales para criar a sus hijos. Esas experiencias cotidianas generan un sentimiento profundo de enojo, que con el tiempo se convierte en desconfianza generalizada.
En nuestro estado, donde la corrupción y el clientelismo han sido frecuentes, este resentimiento es todavía más intenso. Cada escándalo de desvío de dinero público, cada obra inconclusa o cada privilegio a políticos refuerza la idea de que el gobierno no trabaja para la gente, sino contra ella. El resentimiento no solo se construye en el presente, también vive en la memoria histórica. Comunidades indígenas que fueron despojadas de sus tierras, trabajadores que sufrieron represión en huelgas, estudiantes que fueron silenciados con violencia: todas estas experiencias se transmiten de generación en generación.
Así, el resentimiento hacia los gobiernos se convierte en una herida que nunca termina de cerrar. Este factor explica porqué mucha gente no confía cuando un gobierno nuevo promete cambios. El resentido piensa: “Ya lo escuché antes, siempre dicen lo mismo y nunca cumplen”. Esa desconfianza puede paralizar proyectos importantes y alimentar la división social. Aunque parezca negativo, el resentimiento también puede transformarse en una fuerza de cambio.
Muchos movimientos sociales nacieron de ciudadanos inconformes que ya no querían tolerar abusos. El sindicalismo, las marchas feministas, las protestas estudiantiles e incluso revoluciones completas se originaron en ese enojo colectivo contra un sistema injusto. Un ejemplo cercano es el voto de castigo. Cuando un pueblo está resentido, suele votar no a favor de un candidato, sino en contra del partido en el poder. Esto provoca alternancias políticas, pero también ha abierto espacio a líderes populistas que se aprovechan del enojo, prometiendo soluciones rápidas que en la práctica no siempre cumplen. El error más grave que un gobierno puede cometer es ignorar el resentimiento social. Los inconformes no desaparecen por decreto, ni con campañas publicitarias ni con discursos. Si no se atienden las causas de fondo —la pobreza, la falta de empleo, la inseguridad, la corrupción— el resentimiento crece hasta convertirse en una amenaza para la estabilidad de un país.
En casos extremos, puede desembocar en protestas violentas, bloqueos carreteros, boicots electorales o incluso movimientos armados. La historia demuestra que cuando los gobiernos menosprecian la voz de los resentidos, terminan enfrentándose a crisis mayores. El primer paso para disminuir el resentimiento social es reconocerlo. Un gobernante que escucha, dialoga y muestra empatía tiene más posibilidades de recuperar la confianza ciudadana.
Pero no basta con escuchar: lo que hace falta para devolver la confianza son acciones concretas, como: Transparencia real: publicar en qué se gasta cada peso del presupuesto. Políticas incluyentes: atender a los grupos marginados, no solo a las élites. Cumplir promesas, aunque sean pocas, ya que es mejor cumplirlas todas que hacer cien y no realizar ninguna. Combatir la corrupción: no solo con discursos, sino con castigos ejemplares.
La gente está cansada de enterarse de quiénes robaron y ver que no les pasa nada. Estas soluciones son claras, y si los gobiernos las aplicaran de manera seria, el resentimiento podría transformarse en participación ciudadana y en apoyo genuino a los proyectos colectivos. Para ello será necesario revisar a fondo a los miembros del gabinete, ya que muchos no han sabido comprender a la gobernadora en su esencia. Por ello, entendamos que los resentidos contra los gobiernos no son simples “enemigos del sistema”, sino ciudadanos que se sienten heridos y defraudados. Representan una alerta constante de que algo no está funcionando en la relación entre gobernantes y gobernados.
Escuchar su voz, entender sus reclamos y ofrecer soluciones reales es fundamental para evitar que ese enojo se convierta en una fractura irreparable en la sociedad. El resentimiento, bien atendido, puede ser un motor para construir gobiernos más justos y cercanos. Mal manejado, en cambio, puede convertirse en una fuerza destructiva que arrase con la confianza, la estabilidad y hasta con la democracia misma. ¿No cree usted?
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