Lectura
Cuando el noruego Torbjorn Ekelund supo que era epiléptico, también le comunicaron que no volvería a conducir. “He oído hablar de gente que vive el hecho de no poder usar el coche como una carga mayor que la enfermedad en sí. ¿Cómo me afectaría a mí?”, se preguntó Ekelund. A las pocas semanas percibió una sensación “liberadora”. “Modifiqué mis rutinas y no echaba nada en falta. El ritmo aminoró, el pulso descendió y el mundo se reveló ante mí de una forma que no había hecho desde que era niño”. Entonces, retomó un hábito de infancia: caminar. Una caminata llevó a otra y acabó escribiendo Senderos, donde mezcla sus experiencias andariegas con los periódicos desplazamientos de seres humanos y animales mientras reflexiona sobre el hecho de moverse siguiendo rutas trazadas por otros.
La editorial de Senderos, Volcano, también ha publicado este curso Diario de un joven naturalista, de Dara McAnulty, el chico con autismo que narra cómo fue el año en que tuvo que mudarse de una a otra punta de Irlanda del Norte, entre los 14 y los 15 años, abandonando su querido bosque Big Dog pero manteniendo el vínculo con esa naturaleza que le conecta a algo mucho más grande que las personas. “Tumbado bajo el roble siento una oleada de poder surgir bajo el suelo”, escribe, “las raíces enrollándose a mi alrededor, una energía incansable que me alimenta con su fuerza”. Una energía que también le anima a escribir. A comunicarse mejor.
El veneno, entre otras cosas, ayudó a que Sue Hubbell superara la traumática separación de su pareja. La ruptura se produjo poco después de abandonar la ciudad para instalarse juntos en las montañas Ozarks de Misuri. El tándem no funcionó y Hubbell apostó por la apicultura. Como cuenta en Un año en los bosques (Errata Naturae), aprendió a inocular veneno de abeja para reforzar el sistema inmunitario mientras alimentaba ranas con moscas escuchando a Händel, Mozart o Albinoni. Y revivió tan a gusto que desde entonces escribiría varios libros sobre aquella cotidianidad.

Elisabeth Tova
Más extremo es el caso de Elisabeth Tova. A los treinta y pocos años cayó postrada en la cama víctima de una disfunción del sistema nervioso. No se podía mover. Un día, una amiga le trajo un caracol para que la acompañara. Empezó a observarlo. A escucharlo. El sonido de un caracol salvaje al comer (Capitán Swing) revela el precioso ejercicio de intimidad que puso a Tova tras la pista de los caracoles, investigando desde la biología gasterópoda a la extensa literatura que hay sobre este hermafrodita que provocó a autores como Poe, Calvino o Patricia Highsmith, además de muchos haikus japoneses.
Tova ya puede incorporarse de la cama, pero su enfermedad es crónica. Sin embargo, este libro, ganador de varios premios, la ha puesto en contacto con personas de todo el mundo, aportándole ilusión.

Adiestrar a un halcón fue el revulsivo “natural” que halló Helen Macdonald al desasosegante trastorno causado por la muerte de su padre. Macdonald estableció una eléctrica relación con el azor Mabel, y esa alianza la propulsó para escribir H de halcón (Ático de los Libros), todo un clásico ya que evidencia hasta dónde puede consolar la conexión entre humanos y animales… salvajes.
La muerte de un ser querido también está en el origen de La dehesa iluminada, novela de Alejandro López Andrada rescatada por Almuzara después de 30 años. El cordobés, uno de los contadísimos autores que ha mantenido la llama de la liternatura en España, se estrenó en el género con esta ficción muy apegada a hechos reales en la que el narrador, angustiado por el fallecimiento de su joven amor en un accidente, se refugia en su casa del pueblo encontrando en el entorno una cicatrizante serenidad. Se trata de una significativa recuperación editorial que, en tiempos de pandemia y colapsos, insinúa inminentes obras sobre naturaleza escritas en español. Que sean tan buenas como “saludables”, está por ver.


