Cuatro días llevan sonando los tiros en la sierra de Guerrero, en el ejido de Los Guajes de Ayala. Los hombres de la comunidad rodean el pueblito de El Pescado para defenderse con sus armas del crimen organizado. Extenuado el negocio del opio, ahora es la madera de esos bosques lo que anda buscando la Familia Michoacana, según relatan los habitantes. Pero antes han de desplazar a las poblaciones que viven allí. A tiros. Mientras, en Chilpancingo, la capital del Estado, unos y otros recuentan votos y los que se dan por ganadores celebran con música, vestimentas típicas y vistosos sombreros de la tierra.
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Mujeres y niños están refugiados en la iglesia y en una clínica del lugar y envían videos pidiendo ayuda con el ruido de las balas de fondo. Este jueves, la cosa está más calmada, pero ha sido difícil para ellas hasta comer. “Tenemos unos 50 niños en la comunidad, ahora en la clínica quedan alrededor de 30”, dice Marisela Mujica Sánchez, la esposa del comisario, que se juega la vida entrando y saliendo de la clínica a la casa para hacer comida. “Los niños lloran, tienen hambre, ellos no sabe qué está pasando”, dice por teléfono desde su encierro.
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Tierra Caliente no pudo bautizarse mejor. La zona, entre los Estados de México, Guerrero y Michoacán está que arde. El crimen organizado ha desplazado a numerosas poblaciones para extender su negocio y los que se resisten no pueden abandonar las armas. En febrero, otro altercado a tiros dejó, según dicen los ejidatarios, 14 muertos. Del lado contrario. Son zonas remotas que necesitan, en algunos casos, kilómetros de caminata para llegar. Agrestes y ajenas al devenir del resto del Estado, donde la política no llega ni en tiempo de elecciones. De tanto en tanto piden ayuda contra el crimen, pero se dicen abandonados. Faltos, en ciertos lugares, de los servicios más básicos y sin acceso a educación por miedo a salir a los pueblos que cuentan con establecimientos educativos. La pobreza campa a sus anchas.


