La figura de Saulo de Tarso, también conocido como San Pablo para la Iglesia Católica, se erige como un ejemplo de cómo las ideas pueden trascender en el tiempo y moldear civilizaciones. En el año 36 de nuestra era, tres años después de la crucifixión de Hoshea Ben Joseph, figura central del cristianismo, Saulo se encuentra con una célula esenia en Jerusalén. Su encuentro con los apóstoles Pedro y Santiago le brinda una nueva perspectiva: la de difundir una doctrina que, aunque aún en pañales en aquel entonces, tenía el potencial de transformar el mundo.
Acompañado de discípulos, Saulo aplica un enfoque claro de marketing para evangelizar por el Mediterráneo, insuflando en sus seguidores una fuerte motivación que los llevó a ser denominados “apóstoles”, un término griego que significa “enviados”. Lo destacable es que estos ideales, que valían la pena defender, han perdurado por más de dos mil años, con Saulo como el verdadero arquitecto del cristianismo en su forma doctrinal.
En contraste, se observa que las ideas que hoy en día propagan ciertos líderes no siempre parecen tener el mismo valor intrínseco. En el contexto actual de España, la gestión de iniciativas como la Ley del “Sí es sí” o el abordaje de crisis humanitarias evidencian una falta de liderazgo efectivo. La llamada “ineptocracia” se insinúa, donde individuos sin la preparación adecuada son catapultados a posiciones de responsabilidad, basándose en conexiones más que en competencias.
La percepción de que muchos ascienden sin una base sólida es inquietante. Según el “principio de Peter”, las personas se promueven hasta alcanzar roles en los que son incompetentes. Esto suscita preocupación sobre el futuro de la gestión pública en España, ya que se hacen evidentes problemas como la falta de viviendas, el creciente endeudamiento y la insostenibilidad del sistema de pensiones.
El desencanto no se limita a las acciones individuales, sino que se ve reflejado en un panorama político donde la desconfianza de los ciudadanos se intensifica. A pesar de la creciente insatisfacción ante la situación, se observa que el electorado sigue permitiendo que figuras no adecuadas permanezcan en el poder. Esto atenta contra la posibilidad de un modelo estatal efectivo que busque el bien común, lo que suscita un necesario cuestionamiento sobre nuestras propias decisiones como votantes.
La invitación a la acción se torna esencial: la población debe involucrarse más en la gestión pública y ejercer una presión responsable sobre sus líderes elegidos. La cruda realidad es que el sufrimiento y los desafíos que enfrentamos son, en parte, resultado de la complacencia colectiva que permite que aquellos sin la preparación necesaria continúen dirigiendo nuestro futuro.
Es imprescindible hacerse eco de esta necesidad de cambio, fundamentada en la exigencia de responsabilidades en todos los niveles de la administración. La situación actual reclama una reflexión profunda sobre lo que deseamos para nuestra sociedad, y cuyo destino dependerá de la capacidad de elección que el ciudadano ejerza en las próximas elecciones.
Los problemas que hoy parecen distantes, como el impacto de la deuda pública o la crisis de viviendas, podrían transformarse en realidades abrumadoras en un futuro cercano si no se actúa con responsabilidad. En un momento crítico para la convivencia social, resulta esencial revisar los destinos que estamos permitiendo a nuestros líderes trazar y replantear nuestras expectativas sobre lo que debería ser un gobierno en beneficio de todos.
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