En un país donde la mentira se ha vuelto estrategia política y el ocultamiento una forma de gobierno, hablar del derecho a la verdad ya no es una aspiración idealista, sino una necesidad urgente. México vive una época donde la transparencia fue convertida en discurso, y la rendición de cuentas en espectáculo mediático. Lo más preocupante es que, mientras nos entretienen con distractores, se normaliza la opacidad en el ejercicio del poder.
El derecho a la verdad no solo tiene que ver con saber qué pasó en casos de violaciones graves a los derechos humanos, sino con el acceso cotidiano a la información pública. Los ciudadanos tenemos derecho a saber en qué se gastan nuestros impuestos, quién toma las decisiones y qué se hace con el poder que se les confió a nuestros representantes. Pero ese derecho, hoy más que nunca, parece estorbarle al gobierno.
El movimiento político que actualmente gobierna nuestro país ha construido una narrativa que se sostiene en la división social y en el uso político de la verdad. Cuando las cifras o los hechos no favorecen su discurso, simplemente los cambian, los ocultan o culpan a los gobiernos del pasado. La verdad, en su versión, es solo la que se repite desde el púlpito del poder.
Los ejemplos abundan. Mientras se presume el combate al huachicol, el “huachicoleo fiscal” —ese robo institucionalizado de recursos a través de facturas falsas, desvíos y contratos simulados— continúa operando con complicidad de funcionarios y empresas cercanas al régimen. Se habla de austeridad republicana, pero se esconden los gastos en propaganda, en obras infladas y en fideicomisos manejados con discrecionalidad.
Y cuando alguien osa cuestionarlo, la respuesta no es la transparencia, sino el ataque. El periodismo crítico se convierte en “enemigo del gobierno”, los organismos autónomos en “obstáculos de la transformación” y los ciudadanos inconformes en “conservadores” o “traidores”. Así se construye una narrativa donde la verdad se vuelve peligrosa y el silencio, más cómodo.
Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es solo el engaño desde el poder, sino la indiferencia desde la sociedad. Nos hemos acostumbrado a vivir entre verdades a medias, y a aceptar que la corrupción “es parte del sistema”. Pero cada vez que toleramos una mentira pública, estamos renunciando a un derecho fundamental: el derecho a exigir que nos digan la verdad.
La transparencia no es un lujo burocrático. Es una herramienta de justicia cotidiana. Saber quién se enriquece con las obras públicas, cuánto cuesta mantener un programa social, o qué funcionarios ocultan su patrimonio, no es chisme político, es defensa ciudadana. Porque cuando la verdad se oculta, la corrupción se multiplica. Y cuando la corrupción se normaliza, la impunidad se convierte en ley.
El huachicoleo fiscal, por ejemplo, no es una falla técnica, es una decisión política. Se permite porque beneficia a quienes financian campañas, a quienes están dentro del círculo de confianza del poder y a quienes saben moverse en los vacíos del sistema. Mientras tanto, el ciudadano común enfrenta auditorías, sanciones y persecuciones por errores mínimos, mientras los grandes evasores siguen operando con total impunidad.
En ese contexto, el derecho a la verdad se convierte en una forma de resistencia. Exigir transparencia es ejercer ciudadanía. No se trata de creer o no en un gobierno, sino de entender que el poder sin vigilancia se corrompe, y la sociedad sin información se somete.
México no necesita discursos que nos digan que todo va bien, necesita datos que lo prueben. No requiere líderes carismáticos, sino funcionarios honestos. No basta con repetir que el pueblo manda, hay que garantizar que el pueblo sepa.
Por eso, en tiempos donde el engaño se disfraza de patriotismo, defender la verdad es un acto de valor. Exigir rendición de cuentas no es atacar al gobierno, es fortalecer la democracia. Y si queremos un país verdaderamente justo, debemos empezar por hacer de la transparencia un hábito y no una excepción.
Porque sin verdad no hay justicia, y sin justicia, la esperanza termina siendo solo una promesa más en el discurso de los poderosos, por que la justicia no es teoría es vida cotidiana.
B.G.A abogados asociados y su servidor lamentamos el fallecimiento de nuestro amigo el Sr. Víctor Barrera Brito, nuestro más sentido pésame a toda su familia.

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