La historia de la psiquiatría está marcada por conceptos y diagnósticos que, en su momento, parecieron científicos pero que hoy se reconocen como herramientas de control social y justificadores de prácticas racistas y misóginas. George Santayana, filósofo y novelista hispano-estadounidense, planteó que “aquellas personas que no pueden recordar el pasado están condenadas a repetirlo”, un recordatorio de la importancia de aprender de la historia para evitar que se repitan los errores.
En este contexto, destaca la figura del psiquiatra estadounidense Samuel Cartwright, quien en 1851 introdujo el término “drapetomanía”, refiriéndose al deseo de los esclavos africanos de escapar de sus amos. Esta terminología no solo trivializaba el sufrimiento de los esclavizados, sino que también servía para legitimar el sistema esclavista como un orden natural. Otro diagnóstico insólito que Cartwright creó fue la “disestesia etiópica”, un término que describía la apatía hacia el trabajo en los esclavos y que, irónicamente, prescribía latigazos como tratamiento.
Más adelante, la “dromomanía”, acuñada en 1887 por el médico francés Philippe Tissié, calificaba a las personas con un impulso irrefrenable de viajar como “locas”. Este concepto, que no encontró aceptación científica, refleja cómo la psiquiatría a menudo disfrazó fenómenos sociales emergentes de trastornos psicológicos.
El diagnóstico de “locura moral”, presentado en 1835 por James Cowles Prichard, también revela sesgos sociales. Prichard definió a aquellas personas que actuaban sin freno moral como enfermas, un concepto que fue utilizado para castigar a mujeres que desafiaban las normas de género establecidas. Asimismo, la “histeria”, el primer trastorno mental atribuido a las mujeres, derivó de una interpretación del comportamiento femenino como vinculado a su anatomía, perpetuando un ciclo de represión.
La “neurosis histérica”, que apareció en los manuales diagnósticos de la psiquiatría en el siglo XX, ilustra cómo la ciencia también ha perpetuado sesgos de género. Originalmente, este diagnóstico se utilizaba para justificar mutilaciones y tratamientos crueles, pero evolucionó para incluir traumas infantiles como causas, despojando de humanidad a muchas mujeres.
Más aún, el “síndrome post-aborto”, muy criticado por su falta de fundamento científico, emergió en la década de 1970 como parte de un esfuerzo por deslegitimar el derecho al aborto, siendo utilizado por grupos conservadores como una táctica de manipulación social.
El término “monomanía” se usó en el siglo XIX para describir una obsesión por una idea única, pero, al ser excesivamente ambiguo, desapareció con el tiempo. Por su parte, la “neurastenia”, declarada como “enfermedad americana” en 1869, solo afectaba a hombres blancos de clase alta, reflejando una ideología racista y clasista.
Finalmente, conceptos como “nostalgia”, considerado en su origen como un trastorno, y el “síndrome de alienación parental”, recientemente propuesto por Richard Gardner, muestran cómo la psiquiatría se ha utilizado para deslegitimar experiencias y sufrimientos reales.
A medida que la ciencia avanza, es crucial examinar críticamente los diagnósticos que en el pasado han producido inmensos prejuicios sociales y sufrimientos. Si no recordamos y reflexionamos sobre estas realidades, corremos el riesgo de repetir los errores de la historia.
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