Esta semana, para ser exactos el 26 de noviembre, participé junto con mis doctorantes en el Coloquio de Otoño de la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades del Estado de Morelos. El tema del coloquio giró en torno a la tecnología y las sociedades y estuvo organizado en tres mesas. Nuestro trabajo se presentó en la segunda, junto con otras ponencias muy sugerentes. Hablamos de la plataformización del diseño digital.
¿Y qué es eso?
Es el proceso mediante el cual el diseño digital pasa de desarrollarse en aplicaciones de licencia única —instaladas en un equipo— a realizarse en aplicaciones web based, es decir, que funcionan en el navegador. Estas operan generalmente bajo un modelo de licencia freemium.
Este tipo de licencia ofrece herramientas gratuitas que permiten la creación y edición de productos de diseño de manera limitada, pero casi siempre suficiente para las necesidades de usuarios no especializados, es decir, personas que no son diseñadoras o diseñadores. Para algunos diseñadores profesionales incluso representa un ahorro de tiempo. Además, cuentan con la opción de acceder a una licencia premium mediante un pago recurrente, lo cual desbloquea características avanzadas. Como funcionan en línea, pueden usarse desde cualquier dispositivo con conexión a internet. Seguramente ya pensaron en ejemplos populares como Canva o Prezi.
El diseño digital basado en plataformas tiene una característica notable: trabaja con plantillas prediseñadas. Estas plantillas están elaboradas por diseñadoras y diseñadores profesionales; se nota en el manejo de los elementos formales, en los esquemas de color y en las tipografías propuestas. Es, en cierto sentido, una forma de democratizar el diseño. Pero al mismo tiempo, es un mecanismo de estandarización visual.
Por un lado, podemos pensar que es positivo que personas sin formación en diseño utilicen plantillas bien construidas. Por otro, esta estandarización nos lleva al consumo masivo de imágenes parecidas —y a veces prácticamente idénticas— que circulan en todas las redes sociales. Y por un tercer lado, esta accesibilidad plantea un desafío serio para las y los profesionales del diseño, especialmente para las escuelas: ya no basta con enseñar la técnica. La técnica sola no diferencia a un diseñador en un entorno donde cualquiera puede producir piezas “correctas” con una plantilla. Esto precariza parte del trabajo profesional y exige replantear qué significa formar diseñadoras y diseñadores hoy.
¿Qué hacer entonces?
Es una pregunta compleja y, por ahora, sin respuesta definitiva. Pero podemos —y debemos— seguir hablando de diseño, pensando críticamente en estos fenómenos y tratando de comprender las implicaciones culturales, económicas y profesionales de la plataformización.


