El calendario que usamos en Occidente es el gregoriano, introducido en 1582 como una reforma del calendario juliano, con el objetivo de lograr un ajuste más preciso al año solar. Su adaptación gradual en Europa y posteriormente América es resultado de una reforma impulsada por la Iglesia para fijar correctamente la Pascua.
La medición del tiempo ha sido una necesidad histórica vinculada a múltiples factores sociales, políticos y económicos, como los ciclos agrícolas, la organización del trabajo y la regulación de rituales. A lo largo de la historia han existido diversos calendarios, como el romano, el juliano, el hebreo, el chino o el islámico. Su uso es cultural y ha servido para regular rituales religiosos, ciclos agrícolas, conmemoraciones políticas y sociales, así como para construir una imagen compartida del tiempo. Algunos calendarios están basados en ciclos lunares, otros en ciclos solares y existen calendarios lunisolares.
El calendario gregoriano proviene del calendario juliano establecido por una reforma promovida por Julio César, quien fijó un calendario solar de 365 días con la incorporación del año bisiesto. Sus primeras representaciones gráficas se dieron en tablas, inscripciones y columnas, donde se entiende el tiempo como un orden administrativo. Sin embargo, el calendario juliano tenía un desfase astronómico que el calendario gregoriano corrigió. Con esta reforma se consolidó el año dividido en meses fijos y, con el tiempo, el calendario se volvió un objeto visible y cotidiano gracias a la aparición de calendarios impresos para uso doméstico.
A lo largo de la historia, el calendario ha adoptado varias formas visuales. En la Edad Media, los calendarios se asociaban a santos, labores del mes o signos del zodiaco; en los siglos XVIII y XIX, con la expansión de la imprenta, se popularizaron los calendarios impresos en formato de tabla acompañada de imágenes, tanto para uso doméstico como comercial; y en los siglos XX y XXI surgieron calendarios modernos que integran publicidad, arte e incluso ideología, convirtiéndose en objetos de diseño gráfico masivo. Junto con los calendarios, también se producen otros objetos de diseño para el inicio del año, como agendas de distintos formatos, que ayudan a organizar la vida cotidiana.
En México, durante gran parte del siglo XX se elaboraron los calendarios de cromos, que fueron uno de los objetos más difundidos en el espacio doméstico y laboral, regalados para comienzos del año nuevo y que tenían una gran diversidad de temáticas. De hecho, muchos de ellos dieron —y siguen dando— identidad a distintos sectores socioculturales mexicanos, como los utilizados en tiendas de abarrotes y talleres mecánicos. Numerosos establecimientos mandaban producir calendarios que regalaban a sus clientes como parte de la estrategia publicitaria, logrando presencia cotidiana en los hogares mexicanos: había calendarios de tiendas, carnicerías, misceláneas, farmacias, talleres y fábricas. El calendario de cromos fue diseño gráfico doméstico antes de que fuera reconocido como una disciplina en la cultura popular.
Los cromos eran imágenes impresas a color de gran formato y que en su parte inferior llevaban un calendario incorporado, ya fuera por día o por mes. Aunque había una gran variedad de temáticas, las más frecuentes eran las escenas históricas idealizadas, los paisajes rurales y urbanos, las figuras femeninas, los indígenas y campesinos romantizados, los héroes nacionales, las escenas religiosas y una vida cotidiana típica mexicana. En todos ellos el canon estético lo determinaban las visiones dominantes de la mexicanidad y tenían una legibilidad simbólica importante.
Muchos de los cromos fueron realizados por ilustradores profesionales y educados en academias de arte nacionales. Uno de los más destacados es Jesús Helguera, cuyas imágenes definieron una estética nacional-popular y contribuyeron a la construcción de una identidad visual mexicana ampliamente difundida.
Con la paulatina llegada de los dispositivos digitales —que integran calendarios y agendas—, los cromos mexicanos han ido desapareciendo. El cambio en el consumo visual también ha colaborado para que se transformen en calendarios digitales. Sin embargo, lo que no ha cambiado es la necesidad de organizar el tiempo y establecer convenciones culturales y políticas que nos permitan operar en sociedad. Por eso, cada año estrenamos calendario el 1 de enero y acordamos el uso de un calendario global que nos permita funcionar social, cultural y económicamente. ¡Muy feliz año 2026! Nos vemos pronto para seguir hablando de diseño.


