El 13 de enero, en una planta de Ford en Michigan, Donald Trump sorprendió al afirmar que “Estados Unidos no necesita el T-MEC”. Esta declaración ha suscitado diversas interpretaciones y preocupaciones en México y Canadá, especialmente en un momento en que el acuerdo comercial está en proceso de revisión.
En Canadá, algunos analistas consideran que la frase de Trump se relaciona con las coquetas declaraciones del primer ministro Mark Carney hacia China, en un intento por diversificar su mercado de petróleo tras el cierre del suministro venezolano. En México, el comentario ha llevado a especular sobre los vínculos con una reciente conversación entre Trump y la presidenta Sheinbaum, enfatizando que el discurso podría ser una respuesta a inquietudes sobre el mercado laboral, ante datos de empleo poco alentadores en Estados Unidos.
No obstante, Trump dedicó más tiempo a discutir la inflación, un tema que impacta significativamente su popularidad. Afirmó que “los precios están bajando”, una declaración que ha sido calificada como exagerada o engañosa por analistas.
Fue una breve mención al T-MEC, pero suficiente para encender alarmas en ambos países, especialmente considerando que la revisión del tratado ha iniciado con consultas públicas y se espera que continúe con reuniones técnicas en los próximos meses. Para julio de este año, se debe tomar una decisión formal: dejar expirar el acuerdo, reemplazarlo o dejarlo en un limbo jurídico.
Un informe del Congreso estadounidense plantea incertidumbres sobre el procedimiento para implementar modificaciones al T-MEC. No es claro el rol que jugarán el Congreso y el Ejecutivo, y la posibilidad de que la Corte intervenga complica aún más el panorama.
La inquietante pregunta es: ¿realmente Estados Unidos no necesita el T-MEC? Esta afirmación resuena con fuerza. Puede ser parte de una estrategia de negociación, pero también sugiere que Trump podría estar convencido de que el acuerdo no es fundamental. Si este es el caso, se plantea un desafío inminente para fortalecer el diálogo bilateral, donde la comunicación clara se vuelve esencial para convencer a Trump del valor estratégico que el T-MEC representa, no solo en términos comerciales, sino también en la seguridad regional.
Por otro lado, ¿está Trump consciente de que necesita a México y Canadá para competir efectivamente contra China? Es probable que sí, pero podría dudar de que el T-MEC sea la mejor herramienta para tal integración. La mezcla de temas de seguridad y migración en el comercio resalta su enfoque actual, que incluye amenazas de aranceles como parte de la negociación.
Estados Unidos se beneficia enormemente de su relación comercial con México, comprando anualmente productos por un valor que alcanza los 28,000 millones de dólares al mes. Esta cifra destaca la dependencia que existe entre ambos países, en la que México se convierte en un mercado clave para las exportaciones estadounidenses de alimentos y energía.
Con la mirada en el futuro, la pregunta persiste: ¿estaremos listos para enfrentar la “segunda temporada” de Trump en el escenario internacional, donde las acciones y las decisiones políticas parecen tener un giro inesperado?
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