La situación del Real Madrid ha alcanzado un punto crítico en esta temporada, reflejando una notable incapacidad para controlar los partidos desde el centro del campo. En los últimos encuentros, bajo la dirección de Xabi Alonso, la alineación con el doble pivote formado por Tchouaméni y Camavinga, junto a un Bellingham volcado en lo creativo y un Valverde, frecuentemente desplazado al lateral derecho por las bajas, ha mostrado sus limitaciones. Esta mediocampista, en numerosas ocasiones, no ha logrado inclinar la balanza a favor del equipo, permitiendo a los rivales competir a la par e, incluso, dominar el encuentro.
Esto se hizo evidente en la Supercopa, donde el Madrid sucumbió ante el Atlético. La táctica de Alonso fue objeto de críticas, especialmente su decisión de renunciar a un juego ordenado y basarse en pelotazos que, en su mayoría, resultaron en poco éxito. Aunque la victoria era posible, el desgaste de la imagen de Alonso frente a la cúpula del club fue demasiado alto.
Con el cambio de entrenadores, Álvaro Arbeloa tomó las riendas. En su primer partido, buscó introducir un canterano, Cestero, para aportar control en el mediocampo. Sin embargo, el duelo contra el Albacete demostró que, sin los titulares Tchouaméni y Camavinga, el equipo seguía padeciendo en esa área. La presión aumentó aún más en el siguiente encuentro, donde contra el Levante, Arbeloa decidió recuperar la dupla Tchouaméni-Camavinga, provocando un primer tiempo decepcionante que dejó a los aficionados inquietos y expresó su descontento hacia varias figuras del plantel.
No obstante, Arbeloa no titubeó en ajustarse a las circunstancias, dejando en la banca a jugadores que no cumplían conforme a lo esperado y optando por alternativas más efectivas. Esta decisión trajo consigo un cambio palpable en el rendimiento del equipo, especialmente gracias a la incorporación de Güler, que fue clave en los dos goles que supusieron una victoria vital en el Bernabéu.
La inclusión de Ceballos, quien no había jugado en el partido anterior, a medio tiempo permitió que el Madrid no solo defensivamente fortaleciera su estructura, sino que también mejorara en la elaboración del juego. Este cambio dejó ver un equipo más cohesionado y autoritario, que logró dominar el enfrentamiento y dejó atrás la amenaza que había representado el Levante en la primera mitad.
En suma, la intervención de Arbeloa abordó uno de los problemas más persistentes del equipo: la falta de fluidez en el centro del campo. No solo se tradujo en tres puntos vitales, sino en una notable mejora en el juego colectivo, justo en un momento crítico para el club. La próxima prueba para el Madrid se presentará en la Copa de Europa, donde se espera que el ambiente sea más propicio, permitiendo a los jugadores encontrar su ritmo y subir la moral tras la reciente turbulencia.
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