El mundo actual se ha convertido en un tema recurrente en las conversaciones cotidianas, donde distintas generaciones traen a colación eventos históricos significativos. Mientras que algunos evocan la caída del Muro de Berlín o el colapso de la Unión Soviética, muchos recordamos el arresto de Nicolás Maduro por autoridades estadounidenses como un acontecimiento trascendental. Este hecho ha resaltado, en América Latina y más allá, el impacto del retorno de Donald Trump a la Casa Blanca.
Un año después de su regreso a la Oficina Oval, se ha vuelto difícil seguir el ritmo de su mandato, que parece avanzar de manera impredecible. Trump introduce cambios drásticos en el panorama político con rapidez; cuando parece que se ha comprendido su estrategia, ya se mueve hacia otra dirección. Los últimos 365 días han sido testigos de una serie de acontecimientos notables: la intensificación de operaciones de ICE en ciudades de EE. UU., la amenaza de invocar la Ley de Insurrección, la controversial propuesta de comprar Groenlandia, la captura de Maduro y el indulto a los responsables del asalto al Capitolio del 6 de enero. También se han dado casos de humillación pública hacia líderes extranjeros y bombardeos en Irán, además de políticas económicas agresivas como guerras comerciales y aranceles.
Esta lista de acciones, aunque no exhaustiva, revela una estrategia maximalista desde el ejecutivo. En su conducción del gobierno, Trump parece actuar caprichosa y audazmente, como si estirara una liga al borde de romperse. Sus decisiones, tomadas a menudo por capricho, poco a poco se convierten en parte de la normalidad política. La indignación pública tiende a desvanecerse rápidamente, reconfigurando lo que se considera aceptable. La población parece adaptarse a este nuevo estado de cosas, evidenciado por la falta de resistencia.
Un factor relevante es que un sector de la sociedad, ya sea por lealtad o desencanto, sostiene su gobierno. Esto se manifiesta en el comportamiento obediente de figuras del ámbito empresarial y político, que se ven en la necesidad de congratularse con un líder que impone su propia narrativa de poder. Recientemente, la actitud de ejecutivos de grandes petroleras hacia Trump es un claro ejemplo de esta sumisión performativa: palabras de agradecimiento y reconocimiento, aunque no haya interés en invertir en Venezuela, resaltan un cálculo pragmático.
La escasa oposición al trumpismo plantea interrogantes. ¿Por qué hay tan poca resistencia efectiva ante la erosión de normas y derechos? Parte de la destreza política de Trump radica en elegir batallas que, aunque controversiales, parecen razonables a la vista de muchos. Un ejemplo es la postura hacia Maduro: es más fácil no defender a un líder que sufre rechazo generalizado.
Otra diferencia notable con su primer mandato radica en la dinámica interna de su administración. En el pasado, había un mayor nivel de disenso y resistencia, incluso por parte de asesores cercanos. Hoy en día, esa resistencia ha disminuido. Trump se ha consolidado como un reflejo incómodo de la sociedad estadounidense, un fenómeno que no se percibe como una anomalía, sino como parte integral del sistema.
Así, al cumplirse un año de su regreso, la cuestión crítica no es solo hasta dónde puede llegar, sino cuánto más puede ceder el entorno sin una oposición sustancial. Lo preocupación mayor podría no ser tanto lo que ha hecho en estos doce meses, sino el desplazamiento del umbral de lo aceptable en la sociedad. La certeza sobre si este desplazamiento puede ser revertido, o si existe la voluntad de hacerlo, se presenta como un enigma. Un mundo ha cambiado, y la historia sigue escribiéndose.
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